Vamos a la Iglesia. Ya no me pienso
enfadar más por la falta de puntualidad de la gente. Hoy me he levantado y he pensado
que no merece la pena, no he venido aquí a gestionar una empresa. Que vengan
los que quieran y cuando quieran... yo me iré cuando me apetezca a Chacha.
Dejo marcados los trabajos para hoy,
que consisten en picar todo el frente donde estaba el retablo. Tenemos que
dejarlo listo antes de que se monte, ya que después no será posible. Les digo
que tienen que montar un andamio para llegar hasta arriba. A unos los dejo con
esta tarea, a otros preparando el pequeño pedestal de piedra del Cristo de
Bagazán. A otros sacando toda la vegetación del baptisterio, y les digo que, si
mejora el día, sigan con la torre. Como todos tienen su tarea, me las piro...
La Iglesia ya sin retablo |
Al coger la moto, ya noto que es como
si me montara en un frigorífico... es la misma moto que la de Hamilton, pero lo
cierto es que en la realidad parecen dos motos bien distintas... Es una cross
200 c.c., pero está peor cuidada. No sé si porque tiene más años o por que ha
sido más usada... pero tiene las cosas un poco descolocadas...
Después de coger la moto de Lenin, la
de Hamilton me pareció más floja, aunque me acostumbré rápido a ella y me
pareció muy cómoda. Después de esto, la de Horacio me parece aún más floja... y
sabiendo que no se puede correr por motivos de que luego hay que parar sin
tiene frenos, ya salgo algo condicionado, sobre todo cuando tienes una bajada
de 1000 metros desde Granada a Molinopampa... El tiempo no ayuda mucho, ya que
no deja de llover pero tengo que salir, ya que si no lo hago pronto, no llegaré
para comer.
En cuanto me pongo de viaje, me
arrepiento. Llueve muchísimo, y ya antes de salir de Granada ya estoy
empapado.. sólo me quedan dos horas y media más...
Si a eso le sumas que la moto suena a
cacharro, que no me inspira confianza, que las ruedas están gastadas y que no
tengo frenos... tienes el cóctel perfecto para un viaje placentero.
Encima, el poncho se me rajó de arriba
abajo al quitármelo el otro día, ya que se me enganchó en la cremallera del
abrigo y tiré con saña para quitármelo... y vaya si me lo quité... casi lo
parto en dos. Procuro hacer un arreglo de urgencia que con los baches me dura
unos 10 minutos. Las dos horas y veinte restantes voy “a pelo”.
Yo pensaba que estando en una nube no
llovería, pero me equivocaba... por encima de una nube hay más nube, así que
llueve doble, por un lado la lluvia, y por otro, el vapor de agua. Como los
guantes que tengo no son de motorista, sino que son los de la obra, en dos
minutos están calados y el frío hace que se me duerman las manos. Encima la
visera del casco es más opaca que el casco en sí, y si me la bajo no veo ni
torta. Si me la subo se me mete todo el agua, y a veces hay tanto viento que el
agua me duele en la cara. Menos mal que la barba la amortigua un poco... Al
final, es preferible el dolor del agua en la cara que bajar a ciegas por este
camino imposible. Desde siempre, me ha producido un malestar especial el agua
que se te mete por el cuello de la camisa y corre para abajo... como cuando
pasas por debajo de una teja que escurre una gota justo en el cuello de la
camisa y te baja por la espalda... Hoy he aprendido a vivir con ello... no era
una gota, sino un torrente constante.
A los 15 minutos de viaje pensaba
volver, pero ya puestos en vereda, me he dado ánimos a mí mismo y me consolaba
pensando en que a medida que bajara y saliera de la nube infinita, el tiempo
mejoraría... Y es verdad, mejoró de infernal a malísimo...
En Molinopampa suelo parar a tomar un
café, porque no puedo con el culo de tanto bache, pero hoy prefiero no parar y
hacerlo del tirón, porque no quiero estar tomando un café mientras estoy calado
hasta los huesos.. cuanto antes llegue a Chacha, mejor.
A medida que voy avanzando, voy notando
cómo el agua de la carretera va dirigida perfectamente a mis piernas por el
salpiqueo de la rueda delantera. Llega un momento en que ya no lo noto, porque
mis piernas se acostumbran a ello. Las manos sigo sin sentirlas, y más de una
vez, cuando quiero accionar el embrague, se me escurre y no puedo...
Como la carretera es mejor desde
Molinopampa, la velocidad también es mayor, aunque no la que consigo en días
secos. Esto hace que el agua de lluvia duela aún más en la cara. Vamos, que
cuando paso Molinopampa estoy justo en la mitad y me da igual seguir que
volver... pero sigo arrepentido. Esta moto sin dibujos en los neumáticos no es
la ideal para negociar las curvas de barro.
Pero poco a poco, ya casi en Chacha, me
voy haciendo al clima y al frigorífico y cada vez sufro menos... hasta que de
pronto, me pasó lo que tenía que pasar...
Antes de salir, le dije a Horacio:
Horacio, esa cadena está floja...
Ahorita mismo la aprieto, me dijo...
Ok, me voy
a por la mochila mientras...
Y cuando fui con la mochila no miré la
cadena, porque daba por hecho que la había tensado... pero no. Y llegando al
basurero, que está a unos tres kilómetros de Chacha.... raaaassss!!!!
Me quedo de piedra... la moto se
bloquea y casi me tira. Se para el motor y me aparto a la derecha. La cadena se
salió... Mejor omito las palabras que me salieron en ese momento... ahí me di
cuenta de que Horacio tenía algo mejor que hacer que apretar la cadena para un
viaje de casi tres horas por un camino que hace bueno al París-Dakar.
Ya casi había llegado... y faltaba un
minuto para las 13:00 horas. Llegaba a tiempo a comer, pero ahora ya no
llegaré.
Como no sé qué hacer, el teléfono no
tiene cobertura por esa zona, y aunque la tuviera no iba a llamar hasta después
de comer para no fastidiar la comida al personal del Obispado, me pongo a
empujar... no me queda otra, ni tampoco pienso estar media hora sentado en la
cuneta. La cadena se la vuelvo a meter sin problemas, pero algo ha pasado que
la moto ha perdido el sistema eléctrico y no arranca.
Pasan algunos coches muy solidarios,
que me ayudan con sus miradas curiosas y su falta de humanidad... la verdad es
que me da fuerzas para continuar... les doy las gracias mentalmente, a la vez
que también mentalmente les mando a un sitio que yo sé...
Tres cuartos de hora empujando la moto
gracias al querido Horacio... al del taller le voy a decir que en lugar de un
intermitente le ponga una espumadera, y en lugar del templador de la cadenilla,
le ponga un pato de goma... Para la pastilla de los frenos ya tengo pensado qué
ponerle: una pastilla de jabón... la verdad es que tres cuartos de hora
empujando activan la imaginación.
Llego a Chacha, y la calle principal de
entrada está cortada por obras... hay una valla con un “prohibido el paso”,
pero como voy andando con la moto, le digo a la chica que está ahí para desviar
el tráfico que pasaré porque no pienso dar un rodeo con la moto a cuestas...
mientras la niña me escanea con la mirada, como pensando que de dónde he
salido, lleno de barro y empujando la moto, se me cae el casco ante sus pies...
yo con la moto agarrada porque estaba en cuesta y sin poder soltarla, y la
niña, tan solidaria, simpática y comprensiva, ni siquiera hace el gesto de
coger el casco para dármelo... así que tengo que hacer un esfuerzo para sujetar
la moto, poner la pata de cabra... y coger el casco de sus solidarios pies...
Amablemente le doy un gracias en un tono que dudo que haya captado, porque ni
siquiera mira...
En este momento me da una rabia que
estoy por decirle algo a la cara, pero me reprimo... no sé como. Pensé que
estamos en cuaresma y bien merece la pena ofrecer este sacrificio, el de no
arrastrar a esta amable señorita por los pelos...
Qué paradojas de la vida... uno viene a
la otra punta del mundo a intentar poner un grano de arena para ayudar a la
gente que lo necesita, y sin embargo, otras gentes de aquí, te ven con la lengua
fuera y no son capaces de mover un dedo por ti.
Me pongo de nuevo en camino, paso por
las obras, con calles llenas de barro que dificultan mi camino. Y después de
toda la cuesta arriba que hay para llegar a Chacha, llego a la calle Salamanca,
en la cual hay una bajada de 50 metros, luego una subida de 100 y, finalmente,
el taller.
El penúltimo caso de humanismo que he
visto en estas amables gentes es cuando me monto en la moto para bajar esa
cuesta de 50 metros aliviado y tomar todo el impulso posible para subir lo
máximo posible por inercia en la cuesta arriba de 100 metros, ya que cuando
pare la moto, el resto toca empujar... y entonces, un coche se cuela sin ceder
el paso justo en la zona baja de unión de cuesta arriba y cuesta abajo... y yo
sin frenos... Tengo que tirar de pies al más puro estilo “picapiedra”, y me
fastidia la poca inercia que iba a tener para subir siquiera 20 metros... Con
este gesto solidario, el conductor me ahorra una jornada de gimnasio, y hace
que la totalidad de la cuesta tenga que ser como el mundo al revés: en lugar de
llevar la moto al motorista, es el motorista quien lleva a la moto...
Si hubiera tenido una piedra a mi
alcance, seguro que le habría atizado una buena “pedrá” al tío con prisas...
aunque no he venido aquí a liarme a pedradas... Eso sí, le dije cuatro cosas...
Decía que este era el penúltimo caso de
humanismo porque aún quedaba un “amable caballero” que me ve subiendo la cuesta
y parando cada minuto a descansar porque la cuesta es empinada. Justo detrás de
la cuesta, hay una cuesta abajo que llega hasta el mismo taller. Y viendo cómo
sufro, y cómo tengo que parar a descansar, va subiendo la cuesta, pasa por mi
lado y sin decir ni una palabra, me mira y continúa, me adelanta y sigue
mirándome volviendo hacia atrás el melón que tiene por cabeza... hoy sé que he
estado siendo puesto a prueba... Me alegra no haber lanzado injurias contra
nadie, porque nadie tiene la culpa...
Yo sé que habría parado para ver que le pasa al
motorista, que habría recogido el casco al que trae la lengua fuera y que
habría echado una manita para empujar la moto hasta la cumbre de la cuesta...
pero bueno... así es la vida y así es la gente... por suerte, solo alguna
gente. Vienes a ayudar, pero mejor que no necesites ayuda, porque estás solo.
Dejada la moto en el taller, me voy al
Obispado. Lo primero sería comer, porque son las 16:00, pero no puedo como
vengo. Me voy a dar una ducha, entro en mi cuarto y cuando me quito toda la
ropa y la tiro al patio para recogerla luego, me doy cuenta de que no tengo
toalla ni ropa limpia... está todo en el lavadero... y yo había tirado mi ropa
por el patio abajo.
Si ya lo dijo Murphi: “cuando algo
malo tiene la más remota posibilidad de ocurrir, seguro que ocurre...”
Es de estos
días en los que se acumulan calamidades... Me tengo que arriesgar a dar el
espectáculo para volver a coger la ropa del patio, ponérmela y subir al
lavadero a por toalla y ropa. No quisiera dar un espectáculo nudista delante de
Juanita.
La verdad es que tengo hambre, pero una
ducha caliente después de lo que llevo encima hace que se olvide todo... por
suerte, me acuerdo de lo limitado del agua caliente aquí, así que salgo por
patas, no sea que esta ducha también se tuerza.
Después voy a comer, me conecto a
internet y voy a misa de siete... hoy ha acabado un día de esos para olvidar,
pero sé que dentro de un tiempo, cuando lea esto, me reiré porque esto sí que
fue una aventura andina de las buenas... Vamos, que el Obispo de Yauyos no era
nadie a mi lado... Una aventura por el viaje más parecido a un viaje por el
polo norte en la bajada de Granada y por el percance que no creo que olvide en
mucho tiempo.
Y después de cenar y escribir, voy a
dormir, que hoy seguro que duermo del tirón...
Hasta mañana!!
No hay comentarios:
Publicar un comentario