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"Hermanos, comencemos, ya que hasta ahora poco o nada hemos hecho..."

Un gran Santo, el más pobre en lo material, pero el más rico en lo espiritual dijo en su lecho de muerte: "Hermanos, comencemos, ya que hasta ahora poco o nada hemos hecho...". Ese gran Santo era Francisco, y si él dijo no haber hecho nada, ¿que hemos hecho nosotros? Empecemos a hacer algo para cambiar el mundo, ¿no os parece?

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domingo, 5 de abril de 2020

La mejor Semana Santa de nuestras vidas


No cabe duda de que esta Semana Santa 2020 va a ser atípica. Pero el hecho de que sea distinta no quiere decir necesariamente que vaya a ser peor.

Hablando ayer por teléfono con un amigo, comentábamos si no podría ser que, precisamente en estos días tan especiales para los cristianos en los que solemos participar de esas manifestaciones públicas que acostumbran a llenar nuestras calles de imágenes, velas, nazarenos, flores y procesiones, pudiese darse la circunstancia de que celebremos más y mejor que nunca la Pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo, de modo que estos días nos ayuden a descubrir el sentido de nuestra vida. Y ambos concluimos que, efectivamente, así sería. ¿Por qué? Tres son las razones por las cuales esta Semana Santa, posiblemente, sea la mejor Semana Santa de nuestra vida.


En primer lugar, porque la aceptación de esta circunstancia nos hará practicar una virtud muy en desuso: la humildad. En efecto, por más que queramos, no tenemos más remedio que aceptar esta situación que nos ha tocado vivir. Y no solo aceptarla, sino también agradecer el hecho de que podamos vivirla bajo un techo, rodeados de nuestros seres queridos o en constante comunicación con ellos, con comida, electricidad, agua corriente y numerosas oportunidades para divertirnos, orar, pensar, etc. Porque, si en lugar de mirar hacia arriba, donde siempre veremos personas que están mejor que nosotros, mirásemos hacia abajo con ternura y compasión, nos daríamos cuenta de que nuestra situación es, como mínimo, privilegiada. Es entonces cuando caemos en la cuenta de que tenemos que ser humildes de corazón, como Jesús, que pudiendo salvarse de tan vil y cruel maldad por parte del hombre con un simple chasquido de dedos, prefirió sufrir hasta el límite las consecuencias de su falta de humildad, de su creerse dios y señor de todo.  

En segundo lugar, porque tenemos la oportunidad de llevar nuestra propia cruz, acompañando así a Cristo, que carga con la suya, siempre más pesada. Porque ante una situación de crisis, nuestra actitud será la que haga que nuestro paso por ella sea todo un tormento o, por el contrario, una experiencia enriquecedora, de superación y de crecimiento personal. En estos días, en que veremos, sin duda alguna, a muchas personas saltarse las normas ciudadanas y el confinamiento para salir a las calles en procesión o para participar de algún acto de culto público, tenemos que ser conscientes de que, como Iglesia en el mundo que somos, en lugar de ser motivo de crítica por saltarnos las normas básicas de convivencia, ponernos en peligro y poner en peligro a los demás, tenemos la obligación de colaborar, ser ejemplo y evangelizar con nuestras obras. Y si no debemos ser motivo de escándalo, es porque detrás de nosotros tenemos una institución que nos representa a todos, la Iglesia, a la que manchamos o ensalzamos con nuestros actos particulares. Es por ello que nuestros ímpetus y tentaciones no deben tener más peso que nuestro sentido común. Y como tragarnos el orgullo es, quizás, uno de los retos más difíciles para el hombre, intentar practicar las virtudes de las que hablábamos antes (la humildad y la aceptación), será, sin duda, una gran cruz con la que podamos acompañar a Cristo esta Semana Santa. Esa será la diferencia que marca la verdadera fe del fanatismo religioso.
      
Y en tercer lugar, porque esta situación tan especial nos ayudará a distinguir entre lo esencial y lo accesorio en nuestras vidas y en nuestro camino de seguimiento a Jesús. Porque si lo esencial para nosotros son las velas, los pasos de madera y los trajes, no habremos comprendido nada, pues lo esencial de nuestra vida va más allá de la madera, la cera y las telas bordadas. Lo esencial de este tiempo fuerte de Semana Santa es Cristo, su entrega por nosotros en la Cruz y el sentido que adquiere nuestra vida a partir del momento crucial en que, el domingo de resurrección, se levanta de su lecho de muerte, derrotándola para siempre y para todos, los de antes y los de después, los que lo conocieron y los que no. Lo esencial en nuestras vidas es Cristo resucitado y su entrega por nosotros, por ti y por mí, por todos y cada uno de nosotros, al suplicio más grande jamás conocido. ¿Te lo crees? Y todo esto, sencillamente, por amor, palabra clave que no debemos olvidar nunca, pues en ella se fundamenta nuestra fe: en el amor a Dios y el amor al hermano, especialmente al que sufre.    

Pues que en estos días tan señalados no perdamos la esperanza y que hagamos de esta Semana Santa 2020 la mejor Semana Santa de nuestras vidas.

sábado, 28 de marzo de 2020

Urbi et orbi


Ayer tuvimos la oportunidad de presenciar y recibir la bendición urbi et orbi (a la ciudad y al mundo) del papa Francisco. Normalmente, solo se imparte dos veces al año, en Pascua y en Navidad, por lo que esta bendición extraordinaria es todo un símbolo, una señal de la importancia del momento que el mundo está atravesando, de la prueba a la que se está viendo sometido. Esta bendición otorga a los fieles una indulgencia plenaria (bajo las condiciones determinadas por el Derecho Canónico). Sin embargo, hay algo que conviene aclarar para no caer en el error de quedarnos con lo periférico, con lo superficial de tan importante acontecimiento.

Ayer, justo después de la bendición urbi et orbi, pensé: ¿qué ha cambiado? Porque mi primera impresión, lo reconozco, fue pensar en el milagro, en que Dios podía erradicar toda esta pandemia de un plumazo si así lo quisiera. Pero hoy me he dado cuenta de que mi planteamiento estaba equivocado. En efecto, más bien la pregunta que debía haberme hecho tras la bendición es: ¿qué ha cambiado en mí? Porque podemos caer en la tentación de pensar que el papa bendice a la ciudad y al mundo sin pararnos a pensar que esa ciudad y ese mundo que bendice somos nosotros, las personas que poblamos todas las ciudades y todo el mundo. ¿De qué valdría bendecir únicamente un conjunto de edificios, calles y plazas, de montañas, valles, ríos, campos y árboles si no hubiera hombres y mujeres que pudiesen beneficiarse de tal gracia de Dios? Pero he tenido que darme cuenta de esto hoy, haciendo el oficio de lectura: Cuando los israelitas que caminaban por el desierto morían a causa de las picaduras de serpiente, acudieron a Moisés pidiéndole que intercediera ante Dios para que apartase de ellos las serpientes. Y cuando Moisés lo hizo, el Señor le dijo que se hiciese una serpiente de bronce y la colocase en un estandarte, de modo que, cuando los mordidos por serpiente la mirasen, quedasen curados (cf. Nm 20, 1-13; 21, 4-9). 


Pues bien, cuando leí este pasaje, comprendí que, si Dios así lo hubiese querido, habría apartado las serpientes de los israelitas. Pero no lo hizo así. En lugar de apartar las serpientes, les dio el remedio para curar las mordeduras. Y pensé: ¿no es lo mismo que hizo ayer el papa con la bendición urbi et orbi? Cuando le vimos levantar la Custodia con el Santísimo y bendecir con Él al mundo entero, ¿no era el Santísimo ese estandarte al que hemos de levantar la mirada cuando somos tocados por la tribulación para quedar sanados? ¿Acaso no es Jesucristo la cura que más necesita el hombre que pasa por el duro trance de la prueba? Porque si Dios hubiese eliminado con su poder todas las serpientes del desierto, habría eliminado también con ellas esa capacidad fundamental que ha otorgado al hombre desde el momento de la creación y por la cual se define como imagen y semejanza de Dios. Me refiero a la libertad. Pues bien, de la misma manera, Dios nos ha dado a Cristo para que, quien así lo desee, quien decida libremente alzar sus ojos a Él, lo haga y quede curado. He aquí, por tanto, que la tribulación, la prueba, tiene una doble importancia: por un lado, nos hace reconocernos dependientes, salir de nuestra autosuficiencia, reconocer que solo en comunidad somos salvados, no individualmente, por lo que propicia el crecimiento interior y nos hace más humanos, más humildes. Por otro lado, nos pone en la tesitura de elegir nuestro camino, haciendo de nosotros hombres y mujeres libres, de tal modo que nuestra opción por Cristo es voluntaria, no impuesta. Sin embargo, cuando uno decide libremente optar por Cristo, se da cuenta de que, a mayor dependencia de Dios, más libre es el hombre.


Porque, como nos dice la segunda lectura del oficio de hoy, Jesús nos enseña con su ejemplo que nosotros hemos de llevar también nuestra cruz, pero también que, constituido Señor por su resurrección, obra en los corazones de los hombres, excitando en ellos una sed de la vida futura. Por eso, si alguno se pregunta de qué manera es posible superar esta mísera condición, sepa que para el cristiano hay una respuesta: que toda la actividad del hombre debe purificarse y ser llevada a su perfección en la cruz y resurrección de Cristo (cf. GS 37-38). Por eso, no pidamos tanto por el fin de la prueba como por el aumento de nuestra fe y confianza en que Cristo es la única medicina que tenemos para superarla. Alcemos la vista a Cristo y digamos con Él: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad (Sal 39).

jueves, 26 de marzo de 2020

La Iglesia: todo un derroche de misericordia


Ante esta epidemia del coronavirus que, un día más, nos tiene a todos «a raya», encerrados en nuestras casas y castigados sin salir, uno puede hacer varias lecturas. La primera de esas lecturas es la fácil, una lectura superficial que pasa solo por la razón, no por el corazón: desear que todo esto acabe de una vez para volver a la rutina de siempre cuanto antes. Después tenemos una segunda lectura, la lectura del corazón, la cual ha pasado antes por la criba de la razón. Esta lectura nos hace pacientes y comprensivos con lo que está ocurriendo, de modo que hacemos lo que está en nuestra mano, que, aunque realmente es poca cosa, es algo: quedarnos en casa para no esparcir más la enfermedad. Con esto no solo cooperamos directamente, sino también de forma indirecta, ya que muchas personas, si nos ven a nosotros desobedecer las normas, tienen la excusa perfecta para hacerlo también ellas. Por tanto, nuestra pequeña acción tiene un doble sentido: colaborar y concienciar. En tercer lugar, podemos hacer una lectura más profunda, una lectura que va más allá de la racional y la del corazón. Me refiero a la lectura espiritual. Esta lectura nos lleva a hacernos preguntas: ¿Qué me está queriendo decir Dios con todo esto?, ¿puedo hacer algo más por los demás, aparte de quedarme en casa?, ¿qué sentido tiene mi vida?, ¿qué es lo realmente importante y lo secundario?, ¿puedo asegurar que mañana seguiré viviendo?, ¿sirve la oración para algo?, ¿vivo como si no fuese a morir nunca?, ¿agradezco cada mañana el don de la vida?, ¿en torno a qué gira mi vida? Así podemos continuar con una larga lista de preguntas que afloran solo cuando uno se adentra en lo más profundo de su ser y lo pone frente al misterio insondable de Dios. Y así como del encuentro con Dios y con uno mismo pueden surgir interrogantes y retos para una vida nueva, también puede surgir algo con lo que jamás nos hemos enfrentado: el conocimiento de nosotros mismos, de nuestra interioridad y de nuestra dimensión espiritual aletargada. En ese caso, la lectura espiritual en este tiempo de crisis habrá valido de mucho, pues ya nunca volveremos a ver la realidad del mundo en que vivimos de la misma manera: nos habremos convertido. Es esto algo muy importante, más aún en medio de una sociedad que navega a partes iguales entre los videojuegos, las series televisivas y el culto al cuerpo.    

Pues bien, la Iglesia, encabezada por el papa Francisco, ha hecho una cuarta lectura que engloba y supera a las otras tres: una lectura misericordiosa. De hecho, ha dado un paso que abre las puertas del cielo a muchas personas que, sin quererlo y de repente, van a ser las personas más afortunadas del mundo, a pesar de los sufrimientos y el dolor en esta vida caduca y efímera. Por eso, fruto de su comprensión, compasión y entrañas de madre, la Iglesia ha establecido la indulgencia plenaria para los infectados y afectados por el coronavirus, de modo que el «cuenta-kilómetros» de sus pecados se pongan «a cero». Y esto incluye no solo a los que sufren la enfermedad, sino también a los trabajadores de la salud, familiares y aquellos que, sea en la calidad que sea, se ocupan de los enfermos. Para obtener el enorme regalo de la indulgencia plenaria, podrán simplemente recitar el Credo, el Padre Nuestro y una oración a María. Igualmente, otras personas podrán elegir entre varias opciones: visitar el Santísimo Sacramento o la Adoración Eucarística, leer las Sagradas Escrituras durante al menos media hora, recitar el Rosario, el Vía Crucis o la Coronilla de la Divina Misericordia o pedir a Dios por el fin de la epidemia, el alivio de los enfermos y la salvación eterna para aquellos a los que el Señor ha llamado a sí. La indulgencia plenaria puede ser obtenida también por los fieles que, a punto de morir, no pueden recibir el sacramento de la unción de los enfermos. En este caso se recomienda el uso del crucifijo.

Toda la información acerca de este magnífico regalo que la Iglesia hace a sus hijos puedes consultarlo en el siguiente enlace:


Además, la Oficina de prensa de la Santa Sede ha emitido un comunicado sobre el evento que tendrá lugar el próximo viernes, 27 de marzo en el que dice que en este tiempo de emergencia para la humanidad invita a los católicos de todo el mundo a unirse espiritualmente en oración con él, precisando que «la oración del Santo Padre podrá ser seguida en directo a través de los medios y se concluirá con la bendición eucarística. A todos los que se unan espiritualmente a este momento de oración a través de los medios de comunicación les será concedida la indulgencia plenaria según las condiciones previstas en el decreto de la Penitenciaría Apostólica del enlace anterior.


Alegrémonos, por tanto, por todas estas personas para las cuales la Iglesia ha dicho a los ángeles: ¡Abrid las puertas del cielo!. Descansen en paz los que ya partieron para la morada eterna y brille para ellos la luz perpetua.

martes, 24 de marzo de 2020

La importancia de la prueba

Cada día es un milagro
Si cada día en la vida del cristiano, ya de por sí, debe comenzar con una acción de gracias por el don de la vida, con cuánto mayor motivo debemos agradecer en estos tiempos que corren el despertar cada mañana en nuestras casas, rodeados de nuestros seres queridos y con salud, esa salud que a muchos falta, que llena los pasillos de nuestros hospitales de camas con nuevos enfermos, que hace de nuestros edificios públicos hospitales improvisados de campaña.

Si el tiempo de Cuaresma es, como se suele decir en sentido figurado, un tiempo fuerte, esta Cuaresma del 2020 lo está siendo en el más real de los sentidos. Cuaresma y cuarentena son dos palabras que, curiosamente, tienen una raíz etimológica común: los cuarenta días que dura la separación, el sacrificio, en definitiva, la prueba. ¿Y qué tendrá la prueba que todos huimos de ella? Como bien dice Chus Villarroel, O.P., nuestra espiritualidad, la del mundo desarrollado en que vivimos, es cada vez más una espiritualidad New Age (Nueva Era) caracterizada por ser una espiritualidad sin cruz. Pero ya nos dice el papa en su oración a María ante la epidemia del coronavirus que «estamos seguros que proveerás, para que, como en Caná de Galilea, pueda volver la alegría y la fiesta después de este momento de prueba». Es decir, que poniendo su confianza en que la prueba pasará, sin embargo, no pide a Dios que nos exima de ella, sino que vuelva la alegría una vez pasada. Indirectamente se nos está diciendo que la prueba es como ese fuego que acrisola, pero solo para dar forma y eliminar las impurezas, aunque ciertamente produzca dolor. Se nos está diciendo que, en la vida del creyente, la prueba es necesaria y nos ayuda a crecer.  
  
Cristo nos dio ejemplo con su padecimiento
Ciertamente, todos estamos esperando que pase de largo esta epidemia, pero está en nosotros, los cristianos, considerar esta Cuaresma tan especial como algo que olvidar, algo que esperar que pase cuanto antes para volver a nuestra vida rutinaria de misas, rosarios y mil quehaceres diarios o, por el contrario, pararnos a pensar qué nos está queriendo decir Dios con todo esto que está ocurriendo. De nuestra postura ante esta encrucijada depende algo vital para nuestra vida espiritual: que esta Cuaresma, esta cuarentena, sea para nosotros un encierro o que, por el contrario, se convierta en una oportunidad única de crecimiento interior, buscando qué me quiere decir Dios con este parón en mi vida, considerando qué es fundamental y qué accesorio para mí, en qué pongo mis anhelos y mis esperanzas, y, sobre todo, si Jesucristo es para mí únicamente una tabla de salvación para los momentos de crisis o, por el contrario, es esa Verdad con mayúsculas con la cual tengo que configurar mi vida. Esto último es lo que nos recuerda el papa en la oración anteriormente citada cuando dice: «ayúdanos, Madre del Divino Amor, a conformarnos a la voluntad del Padre».

De toda prueba, el hombre sale siempre fortalecido
Pensemos en ello, pues jamás volveremos a tener una oportunidad como esta para meditar, pararnos a pensar, poner en orden nuestras ideas y nuestra fe. Quizás, aunque la espiritualidad de la New Age pueda no comprenderlo y hasta escandalizarse, podamos sacar algo bueno del coronavirus. 

martes, 17 de marzo de 2020

¡Maldito tiempo libre!


En estos días que corren, el peregrino mangurrino no tiene más remedio que, tratando de ser un buen ciudadano, quedarse en casa. Sin embargo, como de todo lo malo hay que sacar siempre las conclusiones más positivas (porque no todo es siempre malo), he aprovechado para hacer una nueva peregrinación que dejamos siempre pendiente, para la que nunca tenemos tiempo. Me refiero a la peregrinación interior, la peregrinación a lo más profundo de nuestra alma. Porque, más a menudo de lo que pensamos, no nos conocemos a nosotros mismos.

En una sociedad en la que nunca hay tiempo para nada, resulta que ahora, de repente, nos topamos con todo el tiempo del mundo. Así, a quemarropa. Muchos, a buen seguro, no serán capaces de gestionar tal carga. Es normal, no estamos acostumbrados. Somos capaces de ponernos «el mundo por montera», de acometer mil proyectos a la vez mientras planeamos otros mil más; somos capaces de madrugar para sacar más tiempo, para sacarlo de donde no lo hay; y somos capaces de transformar nuestros cuerpos y nuestras mentes, acomodándolos a las modas de cada momento para mantenernos ocupados escalando puestos cada vez más altos en la sociedad, siempre enfocando nuestra vida a conseguir un mayor bienestar físico. Sin embargo, a pesar de saber y experimentar tantas y tantas cosas, nunca nadie nos enseñó a estar solos. Más aún, a aprovechar los momentos de soledad. De tal forma que, si nos quitasen la televisión, internet, el teléfono y la radio, no seríamos capaces de estar cara a cara con nuestro propio silencio interior más que unos pocos minutillos sin volvernos locos.


Esto ha quedad muy bien reflejado en nuestra sociedad posmoderna, esa que no sabe vivir en comunidad, que se caracteriza por el más absoluto individualismo y que, sin embargo, necesita constantemente de la comunidad y la busca a través de las redes sociales. Y no han pasado ni tres días de confinamiento en casa cuando miles de personas han tenido la imperiosa necesidad de hacerse sentir, de hacerse notar, de mostrar sus talentos para que todos lo vean, aparentando, como siempre se hace en las redes sociales, vivir vidas perfectas y ser ejemplo para los demás. Así, de pronto, surgen numerosas voces que, desde los balcones, aplauden, gritan, tocan instrumentos, dan clases de yoga o cantan el «Sobreviviré» de Mónica Naranjo y el «Resistiré» del Dúo dinámico. ¡Y solo han pasado dos días!


Y, en efecto, en solo dos días ya se echa en falta en muchos algo tan apreciado como es la necesidad urgente de «matar» el tiempo, como si el tiempo pudiese ser matado, como si el tiempo fuese un enemigo al que constantemente hay que vencer para no tener que enfrentarnos a la cruda realidad de nuestra propia interioridad, pues de ella, sin nosotros darnos cuenta, surgen las pregunta más trascendentales que se hace el hombre. Y esas preguntas nos aterran, porque todas terminan llevándonos al mismo e inevitable fin: la muerte futura y el sentido de nuestra vida: ¿Qué he venido a hacer a este mundo? ¿Quién me trajo y para qué? ¿Tengo alguna función que desempeñar? ¿Realmente todo esto es fruto del azar? Efectivamente, ante estas preguntas, lo mejor que puede hacer el mundo posmoderno es «drogarse» con las múltiples drogas que el mundo moderno ofrece para dilatar las pupilas de la fe y de la razón, de modo que tales preguntas no asomen por nuestra imaginación. Y para ello, ¿qué mejor que el yoga, el fútbol, la música, el cine, los viajes, el gimnasio y las aficiones?

En los tiempos de crisis es cuando se conoce mejor a las personas. En tiempos de crisis aflora lo mejor y lo peor de nuestras sociedades avanzadas, mostrando los dos extremos a los que somos capaces de llegar los humanos cuando lo que nos diferencia es el espíritu del egoísmo y la individualidad. Por un lado hemos visto personas que, sin pensar en los demás, llenan los carros de la compra con cantidades ingentes de comida para poder estar un mes en casa sin salir, ya que gozan de todas las comodidades: un techo, electricidad, agua corriente, calefacción, aire acondicionado, televisión, internet, teléfono y hasta Netflix. Pueden así vivir sus vidas de espaldas a la sociedad y sin preocupaciones, pues tienen todo lo que necesitan. Pero, por otro lado, hemos visto también personas que se ofrecen como voluntarias para ayudar a los mayores encerrados en sus casas, y personas que salen a sus puestos de trabajo como cada día para atender las necesidades de los que sufren la enfermedad, para gestionar el tráfico y la seguridad ciudadana, para atender las necesidades espirituales y pastorales de un pueblo que sufre y que sigue necesitando de la unción de enfermos, de ser enterrados o, sencillamente, de ser escuchados, consolados o fortalecidos. Podríamos catalogar ambos «bandos» como de héroes y villanos, pero nos equivocaríamos. La verdadera distinción que debemos hacer entre estos dos grupos tan diferenciados sería otra: los que aman y los que no.

Y entre esos dos polos vive nuestra sociedad, entre el polo de los que se entregan y el de los que parasitan, no aportan nada y se limitan a vivir, sencillamente porque pueden, porque tienen dinero con el que pagar sus caprichos. Sin embargo, el coronavirus no hace distingos, y hemos visto que se lleva por delante lo mismo a ciudadanos de a pie como a políticos, a nacionalistas como a separatistas, a creyentes como a ateos, a feministas y a no feministas, etc. ¿Qué nos quiere esto decir? La respuesta a esta pregunta, quizás, la tienes en tu propio interior, pero necesitas de aprovechar el tiempo de confinamiento en tu casa para discernir, para sentarte cara a cara contigo mismo. Está en tu mano ponerte ante Dios o ante la televisión. Como siempre, tú decides. 

lunes, 29 de julio de 2019

Kenia 2019. Capítulo 8. The End

Aunque el material de los invernaderos llegó tarde, nos ha dado tiempo de terminarlos. Para ello hemos tenido que doblar el personal de trabajo y, además, trabajar el domingo, pero el resultado ha merecido la pena porque el mismo domingo por la tarde se acabaron los trabajos.

La estructura


Mientras el herrero estaba haciendo los soportes para los tanques de agua y las escaleras para poder subir a los tanques, el resto de la gente estaba transportando el material a pie de obra, haciendo las cimentaciones de los postes y comenzando a cementar los anclajes de los tirantes. Después, todo era pan comido, porque el invernadero es como una especie de rompecabezas, como un mueble de esos que montas tú solo con un sencillo folleto explicativo. Solo hay que seguir los pasos y, ahí está, un invernadero totalmente terminado y listo para funcionar.

El herrero haciendo los soportes de los tanques de agua
Pero lo peor de todo no eran las prisas, ni tampoco el hecho de tener que trabajar en domingo. Ni siquiera lo era la incertidumbre de tener que volver a España sin haber terminado el trabajo. Lo peor de todo era que los niños de St. Mary´s se van de vacaciones a finales de julio y no vuelven hasta septiembre, dejándonos solos el último fin de semana y adelantando las despedidas un par de días. Lo normal habría sido que yo me hubiera despedido de ellos, pero ha sido al revés, pues han sido ellos los que se han ido dejándome en el centro trabajando el fin de semana. Y como era de esperar, las despedidas han sido un poco tristes. Los niños se iban y me  iban abrazando uno a uno, razón de más para hacerme más complicado el fin de semana. Yo sé que, si Dios quiere, volveremos a vernos, pero eso no resta un ápice al hecho de que una despedida es siempre una despedida.

En fin, sea como sea, el trabajo está terminado y, un año más, podemos decir que la misión ha sido un éxito, aunque esta vez no ha estado exenta de contratiempos. Al final, Dios no nos desampara cuando más lo necesitamos, y como estos niños son sus preferidos, no podía menos que echarnos una mano. Y así lo hizo, aunque apurando hasta el último minuto.

Dando los últimos retoques


Todo está correcto
Nada más sobrecogedor que ver a ciento cincuenta niños rezando un Padrenuestro en Swajili, con los ojos cerrados y las manos (los que pueden) hacia el cielo. ¿Cómo no podría Dios escuchar esas plegarias? A veces pensamos que somos unos afortunados por haber nacido en familias más o menos acomodadas y en países desarrollados, con todos los miembros y gozando de buena salud, con oportunidades de futuro y capacidad de mejorar nuestra vida. Sin embargo, cuando uno se mete en lo más profundo de la raza humana, en el corazón de la África más salvaje, y se topa de lleno con la realidad que aquí se vive, se da cuenta no solo de que se puede ser feliz sin piernas, sino también de que somos unos ingenuos al pensar que esta vida es el final de nuestro viaje. Yo estoy convencido de que estos niños son mucho más afortunados que nosotros, los enteros, los cuerdos y los pudientes, los que gozamos de buena salud, dinero, fama y autoestima. Ellos nos llevan la delantera, porque el viaje comienza cuando la mayoría cree que acaba, y entonces ellos, los preferidos de Dios, comprenderán (y nosotros también) que quizás los males de este mundo sean en realidad bienes, y los bienes, males. No sé, quizás deberíamos pensar en eso y buscar menos la gloria y más la desinstalación y la salida de nuestras fronteras existenciales.

Gracias por vuestro seguimiento durante esta nueva aventura. 

jueves, 25 de julio de 2019

Kenia 2019. Capítulo 7. Recta final.


El año pasado tuvimos menos problemas que este. Antes de llegar aquí todo estaba hablado y preparado para empezar nada más llegar. Este año no han estado tan espabilados y se nos ha echado el tiempo encima. No pasa nada porque vamos bien de tiempo, pero mientras el año pasado fuimos relajados, este año tenemos que actuar ya contra reloj.

Ya hemos pagado en Nairobi el material de los invernaderos. Nos dijeron que lo enviarían el lunes día 22, por lo que podríamos comenzar a trabajar el martes, 23 o miércoles, 24. A partir del jueves tenemos cinco días para dejarlo terminado antes de irme. En realidad son cuatro días, porque si mi avión sale el 30 a las 4:30 de la madrugada, tendré que irme a Nairobi el lunes, día 29, por la tarde. Forzados vamos a ir, sobre todo teniendo en cuenta que por medio hay un domingo.  

Con respecto a las máquinas del centro de fisioterapia la cosa es distinta. Una vez que tenemos el presupuesto de todas, solo hay que echar los cálculos para saber hasta dónde llegamos y, si no llegamos a todas, decidir cuáles son las más urgentes. De momento, hemos comprado dos: la lámpara de rayos infrarrojos y la máquina de hacer masajes en los brazos. Eso que hemos adelantado. Echadas las cuentas, vemos que habrá también suficiente para la cama elástica, la cual sirve para fortalecer huesos y músculos, y el hammock, que sirve para trabajar el centro de equilibrio en el oído interno de los niños. Todo el dinero restante lo hemos destinado a comprar sillas de ruedas, puesto que nos han transmitido desde la dirección del centro que es lo que más falta hace y lo que más se estropea. Por eso hemos cambiado de planes a última hora y, en lugar de comprar una costosa máquina llamada “hidrocollator”, que sirve para calentar almohadillas de agua, hemos decidido invertir ese dinero en algo más práctico. Y con lo que disponemos, tenemos para, nada más y nada menos, que un total de quince sillas. Hemos esperado mucho tiempo, pero al final ha merecido la pena.

Esta y catorce mas

Masajeador eléctrico

Para el oído medio, para el equilibrio

Para fortalecer los músculos y los huesos

Lámpara de rayos infrarrojos

El kit completo
Y las catorce sillas restantes
El miércoles 24 de julio tuvimos la misa de inauguración de todo el material, exceptuando el del invernadero, que finalmente va a llegar el jueves 25. En la misa se bendicen todos los artículos que hemos comprado para el centro de fisioterapia y tenemos un bonito día con los niños del centro, jugando y compartiendo con ellos una soleada mañana. Celebrada la misa, ellos nos hacen su particular demostración de lo bien que cantan y bailan, como agradecimiento por nuestra visita. Me ponen unas túnicas típicas del lugar y me meten en el centro de un corro, bailando alrededor mío, algo que me produce un poco de vergüenza, por lo que deseo que acabe pronto ese homenaje. Finalmente, me entregan un regalo en un bonito envoltorio, el cual contiene café y nueces de macadamia.  

Celebración de eucaristía de despedida

Bendición de los equipos

Mi regalo sorpresa

Y su puesta en escena
La mañana del jueves 25 me acerco de nuevo al centro porque aquí el curso acaba en julio. Es distinto que en Euopa. Ellos comienzan el curso en enero, con el comienzo del año, y cada trimestre tienen un mes de vacaciones, en lugar de concentrarlas todas juntas como hacemos nosotros en verano. Así, en julio acaban el curso, tienen el mes de agosto libre y regresan en septiembre para afrontar el último trimestre. Me despido de muchos de los niños, que ya se van, pues sus padres vienen de lejos a por ellos. Los que no tienen padres se quedan aquí, lo cual me produce mucha pena.
Después de las despedidas, me doy un paseo hasta el mercado. Aquí ya me conocen todos. Al pasar, me dicen “mzungu”, que significa “el hombre blanco”, y parece que me he quedado ya con ese nombre. Quién sabe si, a partir de ahora, seré el peregrino mzungurrino.

En fin, lo más importante, que era dejar todo listo para comenzar, ya está hecho. Quizás no dé tiempo a terminar antes de irme, pero al menos sí lo comenzaremos. Acabar será cosa de ellos, pero lo importante es que la misión esta “casi” cumplida. Seguiremos informando en el próximo capítulo, que será el último.     

viernes, 19 de julio de 2019

Kenia 2019. Capitulo 6. Decisiones finales


Siendo esta la segunda semana de mi estancia aquí, lo ideal habría sido estar ya trabajando en la construcción del invernadero. Sin embargo, aquí seguimos, esperando a que los bancos de España y de Kenia se pongan de acuerdo para que nosotros podamos comprar el material y comenzar el trabajo. Suele ocurrir que, para que los de abajo podamos mover un dedo, los de arriba tienen que llevarse una buena tajada. La transferencia es de 620.000 Ksh, lo que vienen a ser unos 5.500,00 €, pero nuestro banco se queda con casi veinticuatro euros por la transferencia, mientras que el de Kenia, ni corto ni perezoso, araña ochenta euros más. Vamos, que más de cien euros de este montante solidario van para pagar las cuotas del sistema bancario que, bien es cierto, y también hay que decirlo, posibilita que podamos trabajar aquí sin tener que venir con diez mil euros en el bolsillo.

Poca grasa tiene esto...
El lunes fui al mercado y compré algo para comer, sobre todo verdura, puesto que no soy capaz de encontrar ninguna carnicería ni ningún otro sitio en el que vendan algo que no sean patatas, tomates, naranjas o aguacates. Después de la compra, fui a St. Mary´s para saludar a los niños, que estaban esperándome. Les llevé chupa-chups, como de costumbre, y ellos más contentos no podían estar. Me llama mucho la atención una niña que, no sé por qué, se alegra más que los demás de verme por ahí, tanto que casi se tira de la silla de ruedas cada vez que me ve. Siempre me llama y solo quiere abrazarme, reír y tocarme. Ya el año pasado percibí que esta misma niña actuaba igual, pero quizás este año me he fijado más. Os muestro una foto de ella. 


De entre todos, ella es la que más se alegra siempre de verme
 Y luego están los demás:


 Terminada la visita, salimos Robert y yo a Matoo para comprar algo de comer. De camino vamos a visitar a Francisca, la sobrina de Robert, la cual estudia en un colegio privado que los franciscanos han abierto entre Mbiuni y Matoo. Cuando llegamos al colegio, tenemos que hablar antes con el director porque llevan muy a rajatabla el tema de las visitas, las cuales tienen que ser concertadas de antemano.

Resulta que la escolarización en Kenia es gratuita para los estudios de primaria, pero la secundaria ya no lo es, motivo por el cual la mayoría de la gente, pobres como son, solo tiene estudios primarios. Hablando con el director del colegio, resulta que, al cambio, la escolarización de un año completo, incluyendo enseñanza, materiales, manutención y alojamiento, viene a rondar los 500,00 €. Sí, has leído bien, quinientos euros, que es lo que muchos de nosotros nos gastamos un fin de semana que salimos en familia a algún lugar de recreo. Y aquí, un niño puede cursar los estudios de secundaria con esa cantidad por espacio de un año completo. No deja de sorprenderme lo injusta que es la vida: mientras unos no sabemos ni donde gastar el dinero, a otros no le alcanza ni para que sus hijos estudien. Pero ha querido Dios, con su providencia siempre en guardia, llevarme a este sitio que, por otra parte, es franciscano, como no podía ser de otra manera. Y nada más saber la situación del país y lo que cuesta que un niño pueda estudiar un año, se me ha encendido una luz para ver de qué manera, en el futuro, podemos llevar a cabo un proyecto de actuación para que muchos españoles apadrinen los estudios de secundaria de muchos niños de Kenia para que, al menos, tengan la oportunidad de alcanzar un futuro mejor. Es triste que el propio gobierno de Kenia no se dé cuenta de que son millones los niños que, por no poder estudiar, andan por ahí buscándose la vida, malviviendo, delinquiendo y dejando embarazadas a muchas chicas a edades de catorce años. Que los niños estén escolarizados no solo es beneficioso para ellos, sino también para el futuro de un país que no acaba de darse cuenta de que la educación y las oportunidades de futuro son básicas para el desarrollo del país. Me apena observar con mis ojos a muchos niños y jóvenes que andan por ahí sin rumbo y sin nada que hacer y que, de haber tenido la oportunidad, quizás podrían ser los descubridores de la vacuna contra el cáncer, por ejemplo. ¡Cuántos talentos desperdiciados hay en países como este, sencillamente, por no tener la oportunidad!

Todo un avance: envasado
Hacemos la compra, nos llevamos con nosotros a Francisca y comemos en el mismo centro comercial, si es que se le puede llamar así. Pollo frito con patatas, pues es lo único que conozco en la carta y lo que más confianza me inspira. De regreso a casa, las cosas en St. Mary´s siguen igual, esperando a que los bancos terminen de coordinarse y el de la ONG le dé el dinero al del Centro de Rehabilitación. Entre tanto, me voy a la cama pensando en todos esos chicos y chicas que andan por ahí sin saber qué hacer, mientras que hay muchas personas en España que tampoco saben muy bien qué hacer con su dinero. Ruego al Señor para que esos dos polos tan opuestos puedan un día, al contrario que los bancos, coordinarse para que podamos entre todos brindar a estos chicos un futuro mejor. Y pensando en futuros apadrinamientos para los estudios de secundaria, me quedo dormido. Ha sido un día largo…

Kenia 2019. Capítulo 5. Recuperación y vuelta al trabajo


El sábado no me levanté al cien por cien, pero sí que estaba bastante mejor. Desayuné y salí al fresco del campo a ver qué tal me sentía. Y aunque estaba más o menos en forma para poder salir, aproveché que el Centro de Rehabilitación Santa María estaba de excursión a un pueblo cercano donde hay atracciones de feria para quedarme en casa y descansar. Así me recuperaría más rápido. Pasé el día entero leyendo, haciendo del día oración, durmiendo mucho y comiendo poco. Y gracias a eso, me acosté como una rosa. Doy por finiquitada la infección gastrointestinal.

De camino a misa
El domingo anterior no pude ir a misa de 7:00 porque estábamos muy cansados después de largo viaje desde España, pero este domingo no pienso perdérmela. Me levanto una hora antes, a las 6:00, me aseo, desayuno y me pongo a caminar la más de media hora que me separa de la parroquia. Cuando llego a misa, está empezada, así que entro y me siento. En ese momento, el cura no puede más que interrumpir un momento la celebración al darse cuenta de que los niños y jóvenes allí reunidos estaban murmurando algo. Y es que más de mil niños murmurando pueden hacer de un murmullo algo atronador. Todos estaban comentando, cómo no, la entrada del blanco, del «brother Martin» en la Iglesia, apuntándome con la mano y saludándome, sin parecer importarles que estuviesen en plena misa. El cura no pudo más que sonreír mientras yo trataba de pedirle perdón con la mirada por llegar tarde y entretener al personal.

Tras la celebración, una monja mejicana sube al estrado y comenta a las chicas allí reunidas que su congregación (las siervas de los pobres) está buscando aspirantes para sus conventos en Méjico. En ese momento pienso en lo valiente y decidida que tiene que estar una monja para venir a un sitio así a buscar vocaciones, pero luego pienso que la fuerza del Espíritu Santo la sostiene y entiendo perfectamente que sin esa fuerza y aliento, ni ella ni yo estaríamos aquí. No venimos aquí a ver atractivos turísticos, pues el mayor atractivo que puedes encontrar en estas tierras es una cabra tratando de trepar a un árbol para alimentarse de sus hojas. Y, sin embargo, aquí estamos, rodeados de los mayores y mejores atractivos que una persona que se siente enviada por Cristo a la misión puede encontrar: los pobres, especialmente los niños.
Lo de la cabra no es broma

Hay muchas formas de hacer turismo, pero todas tienen en común una cosa: saciar el apetito, la curiosidad y la ilusión de visitar más y mejores sitios cada vez, disfrutando, además, de los más apetitosos platos y los más confortables alojamientos. Y esto, tanto si se viaja en primera clase como con una mochila a la espalda. Sin embargo, existe un turismo que casi nadie practica, pero que es altamente recomendable. Te lo recomiendo si de verdad tienes un espíritu aventurero, especialmente si eres de esos a quienes no les asusta echarse la mochila a la espalda, comer cualquier cosa y dormir donde se pueda. Me refiero al turismo misionero, una clase de turismo que no te llena los ojos de maravillas de la naturaleza (aunque a veces sí) o arquitectónicas, los oídos con la música de los festivales más famosos, el olfato con los olores más agradables o el gusto con los aromas y sabores más peculiares, sino que supera con creces todo lo que puedas percibir con los sentidos. Me refiero a la sonrisa de un niño sin piernas, la cara de alegría infinita al verte de una niña con esclerosis múltiple y en silla de ruedas o el abrazo de un joven con parálisis en medio cuerpo y totalmente dependiente. Eso, por mucho que busques en Roma, París, Nueva York o Egipto, no es comparable con nada. Y es que no todo tiene precio en la vida… y, además, las mejores cosas suelen ser gratis, como lo es el amor infinito de Dios. Pero nosotros seguimos buscándolas en la materia y en la sensación. 





Y después de misa, sigo repartiendo bisutería a las chicas. Vienen a misa vestidas con el uniforme del colegio, siendo su prenda más preciada. Por eso, cuando se ven con las baratijas puestas, se ponen supercontentas. Las mujeres son coquetas en todas partes del mundo por igual...  

Luciendo pendientes nuevos

Pulseras

... y collares

Todo esto lo piensa uno cuando tiene un largo día por delante y un escenario de pobreza. Quizás venga bien venir aquí de vez en cuando para relativizar más los problemas que nos acucian allá, en las altas sociedades desarrolladas de las que estamos tan orgullosos y en las que hay problemas tan importantes y primarios como llevar al perro al peluquero o no perderse el último episodio de Juego de Tronos. Siempre he pensado, y lo sigo pensando, que todo europeo debería venir a un país como este al menos un mes en su vida. ¡Cómo nos cambiaría el semblante al volver a nuestras casas y darnos cuenta de que se puede vivir sin internet y sin Sálvame Deluxe!

Mientras tanto, aquí los problemas son otros, como, por ejemplo, el hecho de que haya aun muchos niños que tengan que ir descalzos o semidescalzos al colegio. Cuando vi a Obama, mi pequeño vecino, con unas zapatillas que en España mi madre ya me habría hecho tirar hace meses, pensé en aquellos tiempos de los inicios, cuando en Santa Clara de Almendralejo se inció, gracias a Sonia, una amiga de allí, la que vendría a ser después la popular Merienda Solidaria, que va ya por siete u ocho ediciones, si no me equivoco. Aquella vez primero surgió tras la publicación en mis redes sociales de unos piececitos descalzos. Todos nos movilizamos para calzar a aquellos niños de Olleros y Granada, tiempo hace ya… Yo sé que no puedo cambiar la vida del mundo entero, algo que siempre piensa uno la primera vez que va a desarrollar un proyecto de cooperación internacional. Pero sí que puedo cambiar la vida de una persona, aunque sea por un espacio de tiempo muy corto, y he aprendido ya que eso es lo que importa. Por tanto, como tenemos que vivir el tiempo presente, porque es el que nos toca vivir (el pasado ya pasó y el futuro no llegó), creo que Obama y otros niños como él no van a andar descalzos, aunque solo sea por espacio de un año o menos, que será lo que le duren las zapatillas. Y con estos recuerdos del pasado, que vuelven (por desgracia) a ser actuales, termina este capítulo. 

Los pies de Obama

Y Obama con sus zapatillas nuevas
 Obama tiene 11 años. Su padre le puso el nombre, nada más y nada menos, que del presidente de los Estados Unidos de América. Quizás pensó que, como la falta de oportunidades harán que su hijo no prospere en la vida, al menos sí tendrá un nombre de talla. Es como un mecanismo de defensa de un padre que, seguramente, es lo único que puede dejar en herencia a su hijo: un nombre glorioso.  

Los pies de Ewing

Y Ewing con sus zapatillas nuevas
Porque todo niño tiene derecho al calzado
Esta próxima semana será la semana definitiva. Todo debemos concretarlo durante estos días que vienen. Lo más importante ahora es salvar la barrera burocrática del pago a la empresa por los materiales y que lo envíen lo antes posible. Y también tenemos que tener claro cómo, cuanto y cuándo compro las máquinas para el centro de fisioterapia. Pero eso ya os lo iré contando…