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"Hermanos, comencemos, ya que hasta ahora poco o nada hemos hecho..."

Un gran Santo, el más pobre en lo material, pero el más rico en lo espiritual dijo en su lecho de muerte: "Hermanos, comencemos, ya que hasta ahora poco o nada hemos hecho...". Ese gran Santo era Francisco, y si él dijo no haber hecho nada, ¿que hemos hecho nosotros? Empecemos a hacer algo para cambiar el mundo, ¿no os parece?

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viernes, 8 de septiembre de 2023

PEREGRINACIÓN A TIERRA SANTA. INTRODUCCIÓN Y VIAJE

INTRODUCCIÓN Y VIAJE

Desde hace muchos años, una de las actividades que habitualmente organizamos desde nuestra entidad son las peregrinaciones a distintos lugares de interés religioso. Dado que nos ubicamos geográficamente en Extremadura, las peregrinaciones que veníamos realizando hasta ahora eran a Sevilla (Santa Ángela de la Cruz), a Serradilla y El Palancar (Cristo de la Victoria y san Pedro de Alcántara) y, como peregrinación estrella, a Fátima, para visitar a nuestra Señora, la Virgen de Fátima. Más allá de esta última no nos habíamos atrevido a organizar algo de más entidad. Pero en la peregrinación de Fátima del año pasado, que se desarrolló durante los días 8 y 9 de octubre, tomando una cerveza mientras estábamos sentados en una terraza en Los Valinhos, el pueblecito de los tres santos pastorcitos, Francisco, Jacinta y Lucía, hubo quien sugirió hacer una peregrinación a Tierra Santa por primera vez en nuestra historia como ONG. Y la respuesta surgió por parte de todos igual que salen las balas del cañón nada más rozar el gatillo de una escopeta. Casi sin tiempo de pensar en la dificultad de lo que estábamos a punto de comenzar a fraguar, dijimos: ¿por qué no? Y desde ese mismo momento, todos supimos que ya estaba decidido. Acabábamos de dar el pistoletazo de salida a la que ha sido la mayor aventura organizada por nuestra entidad hasta el momento. Era el 9 de octubre de 2022.  

Al llegar a Almendralejo, lo primero que hicimos fue hablar con el padre Jaime Rubio Pulido, sacerdote de la Diócesis de Coria-Cáceres y amigo personal con el que he tenido la suerte de compartir mucho. Él había sido el Delegado de Peregrinaciones de la Diócesis y había ido a Tierra Santa como guía un montón de veces, concretamente sesenta, que se dice pronto. Con un guía así, no hace falta ser muy listo para organizar un viaje de estas características, pues él conoce la zona como la palma de su mano y desde el principio quiso organizar un circuito distinto al tradicional. Sería un poco más caro, pero era un «todo incluido», duraba un día más, era en temporada alta e incluía una visita a lo más importante de Jordania, que también es Tierra Santa. En un par de semanas ya teníamos un borrador del recorrido, el cual hubo que ajustar un poco, pero que terminó siendo una muy buena elección porque incluía lo más importante tanto de Israel como de Jordania. 

Más adelante iremos viendo, día por día, el recorrido de la peregrinación, la cual ha sido organizada en sus aspectos técnicos por la empresa Halcón Peregrinaciones, de la mano de Verónica, quien nos lo ha puesto todo muy fácil y se ha volcado en atenciones, llegando incluso a desplazarse a Almendralejo para darnos el material de viaje y una charla informativa sobre el mismo. Ya antes lo había hecho el padre Jaime, para explicar de primera mano todo lo que haríamos y conoceríamos en la zona, así como para darnos algunos consejos. También él tuvo el detalle de desplazarse a Almendralejo, y eso que vive en la zona norte de la provincia de Cáceres. Esto, aunque parezca algo sin importancia, es ya una marca distintiva con respecto a otras peregrinaciones más «comerciales», en las que todo se hace por teléfono o e-mail. Nuestra peregrinación fue, desde el principio, algo más familiar, más humano, más al estilo de la entidad que la organiza, que no quiere que la peregrinación termine siendo un viaje turístico, sino una introspección al fondo del corazón humano desde la pobreza y el abajamiento humilde de todo un Dios que se hizo hombre para compartir nuestra vida terrena y redimir así cada aspecto vital del ser humano, desde el dolor hasta la muerte, pasando por la vejez, las fatigas del día a día o los muchos avatares que caracterizan el peregrinar del hombre. Y como nuestra fe no tiene únicamente un marco histórico, sino que también lo tiene geográfico, desde el primer momento quisimos lanzarnos a la aventura de leer ese quinto Evangelio, que es Jerusalén y alrededores, escrito a fuego en cada una de sus piedras, sus montes, sus valles, sus lagos y su famoso río Jordán.  

Ya teníamos la idea, el recorrido, el guía y las empresas mayorista y minorista. Pero faltaba lo más importante: los peregrinos. Y aquí comienza la historia de esta aventura, a la que enseguida se sumó el elemento humano, compuesto por personas de muy variada procedencia: Almendralejo, Sevilla, Ceuta, Cáceres, Plasencia, Sierra de Gata, Toledo y Madrid. Vamos, que teníamos más repartidos los asientos del bus que la lotería del Niño. Y hay que decir que comenzábamos con 40 plazas, que es lo habitual en estas peregrinaciones. Lo que ocurre es que las teníamos cubiertas nada más empezar a dar publicidad a la peregrinación, por lo que hubo necesidad de ampliar a 50. Aquí tenemos que agradecer la colaboración de Halcón Peregrinaciones, que se puso manos a la obra para solventar el primer contratiempo, que no era otro que contratar diez billetes más de avión, así como sus correspondientes plazas de hotel, respetando los precios ya contratados de antemano. Y no tardamos en cubrir esas plazas ni una semana, pero ya no podíamos ampliar a más porque entonces tendríamos un problema con los autobuses en destino, además de lo difícil que resulta gobernar a tanta gente. Por suerte para los que se quedaron fuera, surgieron algunas bajas, aunque pocas, pero las suficientes como para que casi todos los que estaban en lista de espera pudieran entrar en la peregrinación. Y así conseguimos formar el grupo que, finalmente, se embarcaría en la gran aventura que estaba por venir.

Durante varios meses, hemos ido formando a los peregrinos en un grupo de Whats App sobre las cosas con las que nos íbamos a encontrar, así como informando de las modificaciones o cosas importantes que iban surgiendo durante los meses previos al viaje. Hubo algún cambio, como el de introducir una visita con baño en el Mar Muerto por el lado jordano, descartando la visita a Madaba, que cuenta con un mosaico impresionante digno de ser visto. Pero como en Jerusalén hay una réplica de dicho mosaico y a la gente le gusta más la idea de bañarse en las aguas más saladas del mundo, introdujimos esta mejora. Y así llegó el momento de la verdad, el primer día del viaje. 

23 DE AGOSTO

ALMENDRALEJO – CÁCERES – PLASENCIA – MADRID – TEL AVIV - NAZARET

El viaje comenzaba en el primer minuto del día 23 de agosto, a las 00:00 horas. Nos esperaba un autobús en la explanada de San Antonio, en Almendralejo, donde se subieron la mayor parte de los peregrinos. Desde ahí salimos rumbo a Cáceres, donde esperaban otros pocos. Finalmente, nos dirigimos a Plasencia, donde nos esperaba el padre Jaime con los de la zona norte de Cáceres, que venían con él. El resto, de Madrid, Toledo, Ceuta y Sevilla, se unieron directamente al grupo en la Terminal 1 del Aeropuerto Adolfo Suárez - Madrid Barajas. Hechos todos los trámites necesarios por Belén, una trabajadora de Halcón Viajes que nos esperaba puntual en el aeropuerto, estábamos en disposición de pasar los pertinentes controles de seguridad rutinarios y embarcarnos en el vuelo, el cual duraba en torno a las cuatro horas y media. Sin mucho retraso, llegamos a Tel Aviv, donde nos esperaba Murat, el chófer de la empresa familiar «Piece of Peace», que se encargaría de todos nuestros transportes en el lado israelí de la peregrinación. Todo salió a pedir de boca y no tuvimos que esperar nada, ni para recoger las maletas ni para embarcarnos en el bus y salir rumbo a Nazaret, donde cenaríamos y nos alojaríamos los dos primeros días en el hotel Plaza. 

Ni que decir tiene que el cansancio que teníamos era enorme, sobre todo los que habíamos partido desde Almendralejo, sin dormir casi nada esa noche, entre el viaje y las paradas para recoger por el camino a los distintos peregrinos. Por eso, cenamos, subimos las maletas a las habitaciones, nos dimos una ducha y dormimos pronto y con la ilusión de comenzar al día siguiente el que ya sería el primer día de peregrinación. Eso sí, madrugando a las 5:30 horas de la mañana. 

domingo, 4 de septiembre de 2022

LA FECHA DE CADUCIDAD DE CHUS

 

El pasado martes, 30 de agosto, fallecía de improviso el dominico Fray Jesús Villarroel Fernández, conocido popularmente como Chus Villarroel. Y digo de improviso porque, aunque su estado de salud era la crónica de una muerte anunciada, no se fue apagando poco a poco, como suponíamos que serían sus últimos días, sino que se fue de un momento a otro, pillando a todos desprevenidos.

Ya le habían diagnosticado a principios de año dos cánceres distintos que no pintaban nada bien. Y cuando él preguntó cuánto le quedaba de vida, le dijeron sin rodeos que entre seis meses y un año, cosa que era sabido por todos los que lo conocíamos, pues él mismo nos lo dijo desde el primer día. Recuerdo ese día, reunidos a través de la plataforma Zoom, y recuerdo el impacto que nos causó a todos. Permanecimos callados, sin saber qué decir. Todos supimos enseguida de la gravedad de su situación, pero había algo que no acababa de encajar del todo. En efecto, cuando alguien te da una noticia así sobre sí mismo, es de suponer que habrá en él una emoción, un cambio de voz, una forma de hablar distinta o, al menos, un reflejo de pena o miedo en el rostro. Sin embargo, esto no fue así, y no sé qué me dejó más desconcertado, si el saber de su enfermedad incurable o si el hecho de que nos lo contase como quien cuenta cómo le ha ido la mañana en el trabajo. Acto seguido, dio paso a la celebración eucarística, como si nada, dejándonos a todos boquiabiertos.

A partir de ese día, su semblante no se modificó un ápice, o al menos yo no se lo noté. Cada jueves nos seguíamos reuniendo para celebrar la Eucaristía e iba haciendo testimonio de sus homilías. Jueves tras jueves fuimos sabiendo de los avances de su enfermedad, de las pruebas a las que le sometían y de los tratamientos que le aplicaban. Él mismo nos contaba que se sentía como un conejillo de indias, puesto que estaban aplicándole un método experimental del que no se sabía qué resultados podrían derivarse. Quizás por eso conservó una pizca de esperanza, porque cuando tienes una enfermedad incurable, supongo que el hecho de que te digan que van a aplicar contigo una técnica nueva de la que no se conocen sus resultados debe ser como un balsa en medio del océano. Debes agarrarte a ella con todas tus fuerzas y poner todas tus esperanzas en que llegará a buen puerto. Sin embargo, el día de su entrada triunfal en el cielo estaba ya marcado, y ese día era el 30 de agosto de 2022. Ese es el día de su «fecha de caducidad», día que él mismo nos consignó escribir y recordar en su última publicación, titulada precisamente así: «Mi fecha de caducidad». Reconozco que, cuando llegó a mis manos, me asaltó la impaciencia y, antes de comenzar la lectura, mi curiosidad me llevó hasta la última página para ver hasta dónde le había dado tiempo a escribir. Y al leer las últimas palabras, se me pusieron los pelos de punta y pensé: “¡Qué grande es Chus!”. Porque de una persona como él cabría haber imaginado un final parecido, lleno de humor y unción a partes iguales. Y es que sus últimas palabras fueron estas: “Este último capítulo algún día se escribirá. Si el procedimiento al que me han sometido, como a conejillo de indias, tiene éxito, lo escribiré yo mismo. En caso contrario, espero que algún alma caritativa lo termine poniendo en mayúsculas y en negrita MI FECHA DE CADUCIDAD”. ¿Quién, sino Chus, podría terminar así un libro testimonial intuyendo que el punto final de este último párrafo sería, quizás, el punto final de su vida?

Pues bien, así era Chus Villarroel, un hombre de fe entregado en cuerpo y alma al Señor desde su vocación dominica. Era y sigue siendo un gigante de la fe. Sus tres cánceres doblegaron su cuerpo, pero no pudieron con un solo ápice de su esperanza, alegría y fortaleza espiritual, y eso solo puede provenir del Espíritu Santo. Hasta la semana pasada predicaba de tal modo que, quien lo escuchase, jamás podría imaginar que estaba en la fase terminal de su enfermedad, y eso solo puede provenir del Espíritu Santo. Sus miles de charlas grabadas y pronunciadas al mundo entero han dado incontables frutos, y más que darán en el futuro, porque Chus era una de esas personas que, quien se arrima a ellas, siempre crece, y eso solo puede provenir del Espíritu Santo. Los cuarenta últimos años de su vida los dedicó a predicar la Teología de la Gratuidad, una novedad muy antigua rescatada por él y por otros héroes de la fe, como Pedro Reyero, Vicente Borragán o el mismo Raniero Cantalamessa, a pesar de chocar constantemente con los muros de hormigón del tradicionalismo eclesiástico, pero llegando a convencer más que a vencer, y eso solo puede provenir del Espíritu Santo. No me cabe duda de que este dominico leonés pronto será un dominico universal, de que el nombre de Chus Villarroel empezará a ser más conocido ahora de lo que lo fue en vida, pues somos muy dados a los elogios póstumos, en lugar de a los homenajes en vida. Es más, diría, sin temor a equivocarme, que las generaciones futuras habrán de considerar la apertura de un proceso en la Iglesia sobre la vida y obra de este gran dominico español, un proceso que muy probablemente acabará donde los que lo conocimos sabemos que merece, pero eso solo puede provenir del Espíritu Santo, y será el Espíritu Santo quien lo decida. 

Ciertamente, la vida de Chus no fue fácil. Es más, fue bastante difícil: incomprensiones, zancadillas, puertas cerradas, destierros… ¡y hasta acusaciones de herejía y protestantismo! Vamos, toda una vida «a lo san Pablo». Sin embargo, jamás de su boca salió acusación o reproche alguno para con los que no le querían cerca o no le miraban bien. Lo más que llegó a decir en sus famosas grabaciones era que le habían hecho tal o dicho cual cosa, pero sin dar más detalles, cosa que le honraba. Y es que predicar la Teología de la Gratuidad no sale gratis, pues es rescatar una forma de entender la vida de fe al más puro estilo paulino, ser cristiano desde la comprensión de la humanidad de Cristo, sin divinizaciones ni devociones exageradas que alejan su figura de nuestra carne humana. Él gustaba de predicar un Cristo que sufre, que siente y que padece, que nos redime desde su carne dolorida y sangrante, no desde un trono de oro y con un cetro de mando; un Cristo que no nos pide cuentas porque ya se ha encargado Él de pagarlas todas. Sin embargo, estas palabras no encajan bien en determinadas mentalidades, más acostumbradas a ganarse la salvación por méritos propios, con numerosos esfuerzos y acciones que solo uno puede realizar, de modo que la salvación se la ganan ellos «a puro ñeque», como diría Vicente Borragán. De ahí la necesidad de ciertos sectores de la Iglesia en hacer peregrinaciones, buscar indulgencias plenarias, rezar oraciones vocales, celebrar novenas, cargar con las andas en las procesiones, llevar a cabo ayunos y penitencias, poner velas a los santos y hacer sacrificios, muchos sacrificios... Y Chus, claro está, resultaba ser para ellos una pieza redonda en un puzle de piezas cuadradas. Pero jamás se movió ni a derecha ni a izquierda. Y eso que, cuando uno atisba que la mayoría de la gente sigue una marea humana en una dirección, lo más probable es que el equivocado sea el que va contracorriente. Sin embargo, y esa es la prueba de su unción por el Espíritu Santo, él sabía que ese era su camino y que lo iba a recorrer hasta que sus fuerzas se lo permitiesen. Y quiso Dios darle el premio merecido, no ya en el cielo, del que seguramente ya goza, sino también aquí en la Tierra, con un Papa que, más de cuarenta años después que él, ha venido a confirmar su predicación punto por punto y sin saltarse una sola tilde de lo que Chus nos ha venido diciendo desde que le conozco.

En efecto, recuerdo el día en que, lleno de orgullo y con ese semblante alegre de quien ve confirmados sus planteamientos por una autoridad de peso, nos hablaba en una de sus homilías de las palabras del Papa Francisco en su Catequesis sobre la carta a los Gálatas (El valor propedéutico de la Ley. Catequesis del miércoles, 18 de agosto de 2021). En ella decía cosas como esta:

«En el centro se pone el evento de la muerte y resurrección de Jesús (…). Somos justificados por la gratuidad de la fe en Cristo Jesús. Por tanto, a partir de la fe en Cristo hay un “antes” y un “después” respecto a la misma Ley, porque la Ley está, los mandamientos están, pero hay una actitud antes de la venida de Jesús y después. La historia precedente está determinada por el estar “bajo la Ley”. Y quien iba por el camino de la Ley se salvaba, era justificado; la sucesiva (después de la venida de Jesús) ha de ser vivida siguiendo al Espíritu Santo (cf. Gal 5,25). Es la primera vez que Pablo utiliza esta expresión: estar “bajo la Ley”. El significado subyacente conlleva la idea de un sometimiento negativo, típico de los esclavos: “estar bajo”. El apóstol lo explicita diciendo que, cuando uno está “bajo la Ley”, está como “vigilado”».

 

Recibía Chus con esta catequesis, quizás, el mayor premio que le podrían haber dado en vida. Cuarenta años predicando esto y muy pocos le prestaron atención. «Tus palabras suenan a protestantismo», le decían algunos, mientras otros le acusaban directamente de hereje. Yo mismo he visto cómo, tras unos ejercicios espirituales, un convento de monjas no solo le cerró para siempre las puertas del convento, sino también las del corazón. Había que olvidar «toda esa cantidad de herejías que ha dicho». ¡Qué herejía, Dios mío, decir que no nos salvamos por nuestros méritos! Ahora, más de diez años después de este episodio, me pregunto qué habrán dicho estas monjas al escuchar del propio Papa Francisco esto:  

 

«La convicción del apóstol [san Pablo] es que la Ley posee ciertamente su propia función positiva (como pedagogo), pero es una función limitada en el tiempo. No se puede extender su duración más allá de toda medida (…). Una vez que se alcanza la fe, la Ley agota su valor propedéutico y debe ceder el paso a otra autoridad. ¿Esto qué quiere decir? Que terminada la Ley nosotros podemos decir: “¿Creemos en Jesucristo y hacemos lo que queremos?” ¡No! Los mandamientos están, pero no nos justifican. Lo que nos justifica es Jesucristo. Los mandamientos se deben observar, pero no nos dan la justicia; está la gratuidad de Jesucristo, el encuentro con Jesucristo, que nos justifica gratuitamente. El mérito de la fe es recibir a Jesús. El único mérito: abrir el corazón. ¿Y qué hacemos con los mandamientos? Debemos cumplirlos, pero como ayuda al encuentro con Jesucristo».

Imagino que las acusaciones que se vertieron sobre Chus no se verterán ahora sobre el Papa, aunque quién sabe... En cualquier caso, lo importante ya no es eso, sino el hecho de ver confirmada la Teología de la Gratuidad como algo que se está abriendo paso en una sociedad y un tiempo que necesitan imperiosamente de ella. Una predicación que, si no fuese porque el Espíritu Santo la está sosteniendo y en su divina providencia está suscitando predicadores como Julio Figar, Vicente Borragán, Raniero Cantalamessa, el ya fallecido Manolo Tercero o el propio Chus Villarroel, entre otros, no habría llegado a nosotros con la misma fuerza y frescura que caracterizaba la predicación de Pablo de Tarso a los gálatas.

Esta teología, afortunadamente, viene para quedarse, para destruir los muros de un tradicionalismo más centrado en las formas que en el contenido, para quitar las telarañas de la Iglesia y, como decía el Papa Francisco, para abrir las ventanas y que entre un aire nuevo y renovado que purifique el ambiente eclesiástico, que falta hace. Y estos gigantes de la predicación, estos héroes de la fe que no han arrojado la toalla, aún a costa de su propia fama y salud, nos han dejado un legado que, afortunadamente, está grabado para poder ser escuchado y disfrutado por las generaciones venideras, esas a las que les tocará decidir si hombres como Chus merecen ser desterrados al olvido o, por el contrario, para ponerlos en el lugar que merecen. Porque hoy no hace falta sangrar para ser mártir. Se puede perfectamente ser un mártir social, un apestado de una parte no cristiana de la sociedad por ser cristiano y de una parte de la sociedad cristiana por ser profeta.

Será la Iglesia del mañana la que determinará si la predicación de Chus va por bueno camino o si, por el contrario, se pierde para siempre enterrada en una teología de oraciones vocales y mandamientos cumplidos. Sus famosas parábolas sobre la acción del Espíritu Santo en nosotros (el jabón y la sosa cáustica), sobre los méritos personales como camino para alcanzar la salvación (los 28.500 rosarios de la vecina de su madre) o sobre la esperanza en la gratuidad de la redención por parte de Cristo, que brota de la fe más profunda (las de la ya famosa Concepción Andreu), han sido para nosotros auténticos chorros de Gracia del Espíritu Santo. Y a buen seguro lo serán también para quienes las escuchen en el futuro. Porque, como dice el Papa Francisco:


«Esta enseñanza sobre el valor de la Ley es muy importante y merece ser considerada con atención para no caer en equívocos y realizar pasos en falso. Nos hará bien preguntarnos si aún vivimos en la época en que necesitamos la Ley o si, en cambio, somos conscientes de haber recibido la gracia de habernos convertido en hijos de Dios para vivir en el amor. ¿Cómo vivo yo? ¿En el miedo de que si no hago esto iré al infierno? ¿O vivo también con esa esperanza, con esa alegría de la gratuidad de la salvación en Jesucristo? Es una buena pregunta. Y también la segunda: ¿desprecio los mandamientos? No. Los cumplo, pero no como absolutos, porque sé que lo que me justifica es Jesucristo (…). La santidad viene del Espíritu Santo y es la gratuidad de la redención de Jesús: esto nos justifica».

 

Y es que hay dos formas de acercarse a Dios. La primera es yendo hacia Él con la confianza de que Cristo ha redimido nuestros pecados  con su Sangre, de que ser santo no depende de nosotros, sino del Espíritu Santo y de que lo que nos justifica no son los mandamientos y los cumplimientos, sino Jesucristo. La segunda es huyendo del demonio, mirando siempre hacia atrás y preocupados de que no nos pille en un renuncio por no haber cumplido tal o cual mandamiento, por haber hecho tal o cual práctica, por haber tenido este o aquel pensamiento… en definitiva, por ser humanos. Y aunque podemos acercarnos a Dios desde estas dos formas, la diferencia entre una y otra es que, mientras en la primera se vive feliz y confiado, aún entre las tribulaciones de la vida, que no son pocas, a sabiendas de que Cristo ya ha saldado mis deudas, en la segunda se vive desde la angustia que provoca la persecución y el estar siempre pendientes de mantener nuestra vida sin mancha, nuestra «cartilla de los cumplimientos» siempre al día. Y esto se refleja en la práctica de la fe, de modo que podemos vivirla desde la gratuidad o desde el legalismo.

 

Esto es, en resumen, lo que nos ha dicho Chus Villarroel durante toda su vida, día tras día, predicación tras predicación. Nosotros lo hemos perdido, pero el cielo lo ha ganado. El gran enamorado del Espíritu Santo goza ya de la presencia de ese «Cristo hombre» que tanto nos predicó. No un Cristo vestido de púrpura, con coronas relucientes y elevado tanto a las alturas que resulta lejano, sino un Cristo humano, que está dentro de nosotros, que se hace presente por medio del Espíritu Santo y que resulta ser una novedad para muchos, pues es un Cristo que pisa la tierra, que se abaja a los pobres, los débiles y los que sufren. No puedo ni imaginar su encuentro con Jesús en un día como hoy, en el que el cielo entero debe estar de fiesta porque ha subido ya, tras finalizar con éxito su misión entre los hombres, su gran heraldo Chus Villarroel, sin duda alguna uno de los más grandes que la Tierra ha conocido.


Descanse en paz.

domingo, 3 de octubre de 2021

¡Hasta siempre, hermana!


En la solemnidad de este domingo XXVII del Tiempo Ordinario, nos hemos despertado con la triste noticia de que nuestra querida hermana sor Isabel ha partido al cielo, iniciando su viaje en busca del Señor, a quien entregó por completo su vida. Por ello, Padre eterno del cielo, a ti dirijo estas palabras, para que la recibas en tu seno y le des el premio que merece su entrega desinteresada:

Señor Jesús, acoge en tu seno a esta pobre y pequeñuela sierva tuya. Ella, que con tanto amor y dedicación gastó sus días en la más profunda y fiel entrega de la clausura, ha sido para nosotros Evangelio viviente, ejemplo a imitar, pues dejó impregnado en este mundo su aroma, que huele a ti. 

Recíbela en el cielo con pompas, cantos y bullicio de fiesta, pues ella lo merece y viaja ya hacia ti, como una flecha de amor disparada directamente a tu corazón amoroso y misericordioso. Ella renunció a todo en el mundo: renunció a los estudios, al dinero y las posesiones materiales, a una familia y a su maternidad, a sus proyectos de futuro y sus sueños. Renunció incluso a aquello que está solo al alcance de unos pocos: a sí misma, hasta despojarse por completo de sí, como Francisco, como Clara, pues supo ver en ti la mejor parte de la vida. Renunció a todo esto y fue feliz, sumamente feliz. Y es que ella entendió desde muy joven que la felicidad plena no está entre las cosas del mundo, sino en saberse criatura de Dios y reconocerle en uno mismo y en los demás. Ella siempre supo que su vida era un proyecto de Dios para dar frutos en la tierra. De ahí el hambre de ti que siempre sentía y las ansias constantes de regar esa semilla que sembraste en ella, para que tu plantita franciscana creciese y diese frutos en ella. Por ello, Señor, te doy gracias y te pido que hoy en el cielo sea un día de fiesta y alegría, porque nos deja nuestra hermana Isabel, pero sabemos que ya está contigo, disfrutando de su descanso eterno y de su merecido premio. A buen seguro sabemos que su sonrisa perenne y su buen sentido del humor será una delicia para tus ángeles. A ella nos encomendamos para que nos guíe y acompañe cada uno de los días de nuestra vida, a este convento de Almendralejo y a todos y cada uno de nosotros, para que pronto podamos reunirnos con ella y formar parte de tu gran familia en el cielo. 

Gracias, Señor, por el don de nuestra hermana Isabel, por haberla conocido, por haber compartido con ella grandes momentos y por el gran regalo de tener a nuestra querida hermana, junto con las que la precedieron, como intercesora en el cielo.

Hasta siempre, querida hermanilla en Cristo. Gracias por todos los momentos que hemos pasado juntos. Puedes estar segura de que aquí nunca te olvidaremos.

lunes, 13 de septiembre de 2021

El lado oscuro de Medjugorje

 

Dicen los innumerables peregrinos que viajan a Medjugorje cada año que allí se respira un aire de sobrenaturalidad, como fruto de los acontecimientos que desde hace justo cuarenta años (1981-2021) han marcado esta santa tierra de Bosnia Herzegovina: las apariciones de la Virgen María a seis jóvenes videntes a principios de los años ochenta. Y esto es verdad. Sin embargo, también es cierto que, como en todos los aspectos de la vida, no es oro todo lo que reluce, ni siquiera en esta tierra de Medjugorje, elegida por nuestra santa madre, la Virgen María, para anunciar su mensaje al mundo.

Y dicen también que el fundamentalismo religioso es algo propio de otras religiones y que el catolicismo se caracteriza por el sano equilibrio entre la fe y la razón. Pero esto, por desgracia, dista mucho de ser cierto. En efecto, nuestra fe católica está sufriendo, cada vez más, las enfermedades espirituales propias de la separación entre estas dos formas de conocer e interpretar el mundo: por un lado, la sana fe exenta por completo de todo resto de mitología, esoterismo y magia; y por otro, la lúcida razón, propia de quienes saben que Dios no puede ni ha querido revelarse de un modo irracional e incoherente con la naturaleza y la intelectualidad humana. Esto último, no obstante, no excluye la sobrenaturalidad, lo que comúnmente llamamos “milagros”, pues éstos no son mágicos, irracionales o incoherentes. En cualquier caso, no es este el objeto de este artículo.

Pero, ¿qué es una enfermedad espiritual? No sé si está definido o no este concepto. De hecho, ni siquiera sé si existe como tal, pues me lo acabo de inventar. Pero si tuviera que definirlo, diría que la enfermedad espiritual es aquella desviación de la recta comprensión de nuestra fe, o lo que es lo mismo, la pérdida del sano equilibrio entre la fe y la razón a la hora de interpretar y practicar nuestra relación con Dios, esto es, la religión católica. Pero cuando hablamos de enfermedad espiritual tenemos que hacerlo en plural, porque no es un concepto único, sino que tiene muchas variantes, como explicaré. Y de esto, aunque me da pena decirlo, hay mucho en Medjugorje. Es cierto que las distintas enfermedades espirituales no son solo propias de Medjugorje, pues están muy en boga en este comienzo del siglo XXI y en toda  la geografía mundial, pero también lo es que en aquella tierra se dan casi todas.

Existe una oración franciscana que reza así:

Oh alto y glorioso Dios.
Ilumina las tinieblas de mi corazón
y dame fe recta, esperanza cierta, caridad perfecta,
sentido y conocimiento, Señor,
para cumplir tu santo y veraz mandamiento.

Pues bien, en esta oración pedimos a Dios que nos dé una fe recta, no ciega. Sin embargo, el síntoma más claro de las enfermedades espirituales es la ceguera espiritual. Y es justo ahí cuando comienza a desbaratarse el edificio interior de la salud religiosa, puesto que la fe ciega desemboca en un fideísmo desligado de la comprensión racional, llegando a profesar la religión partiendo de una serie de ataduras morales y espirituales que constriñen la libertad propia de los hijos de Dios y la gratuidad de la salvación que nos ha brindado Jesucristo con su muerte y resurrección. Creo que no seré el único que se ha dado cuenta de que, de un tiempo a esta parte, en nuestras parroquias ha florecido una práctica de la fe basada en el rigorismo legalista y la rigidez espiritual, siendo éstas unas ataduras que nadie sabía muy bien de dónde provenían. Pues bien, ya desde hace tiempo había notado la existencia de una extraña pero clara relación entre los practicantes de esta forma rigorista de entender la práctica de la fe y los peregrinos que viajan a Medjugorge. No parecía casual que casi todos los que habitualmente van a Medjugorje parezca que estén “cortados por un mismo patrón”. Pero después de hacer uno mismo esta peregrinación, parece que las piezas del puzzle encajan. Y como dice la escritura, “¿acaso puede un ciego guiar a otro ciego?” (Lc 6, 39). Pues no, porque ambos caerán al abismo. Y esto mismo es lo que está ocurriendo a raíz de esta peregrinación mariana en la que muchas personas cambian radicalmente su comportamiento religioso, no tanto porque la Virgen haya obrado en ellas como por una especie de necesidad de ser más puros, practicar mejor la fe y, sobre todo, huir a toda costa del demonio, de tal manera que la práctica de la fe ya no consiste en disfrutar del más acá y de tratar de vivir el cielo en la tierra y anunciar el Evangelio al mundo entero, sino en buscarnos un hueco en el cielo para estar lo más lejos posible del demonio en el más allá. Lo que allí se aprende es, como se suele decir, una “teología del miedo”, más centrada en no ir para abajo que en subir para arriba. Y esto se traduce, como veremos, en una serie de prácticas rituales, modos de practicar la fe, oraciones repetidas, esfuerzos, sacrificios y méritos, muchos méritos conseguidos con nuestras propias fuerzas porque, según parece, nuestra salvación es cosa nuestra.         

Pues bien, antes de enunciar qué enfermedades espirituales son esas a las que me refiero, bien creo que es de justicia decir que lo que está ocurriendo en Medjugorje es más divino que humano. Es decir, que para nada creo que lo que allí está pasando sea fruto de la invención de unos chiquillos o la sugestión colectiva de quienes visitan el lugar, como en numerosas ocasiones se ha afirmado de los hechos que allí han ocurrido (y ocurren). De hecho, los incontables ateos y detractores que han ido para allá con el orgulloso cometido de “desmontar la falacia de Medjugorje” en pocos días, han terminado, o convertidos a la fe católica o reconociendo públicamente que lo que allí ocurre no es para nada corriente. Es decir, que creo y afirmo que la Virgen María ha elegido este lugar santo y que se ha aparecido en él para transmitir al mundo su mensaje de paz, amén de otros secretos que aún están por determinar, según se desprende de las palabras de los videntes.

La Iglesia, como bien sabemos, es a la vez santa y pecadora. La infundada pretensión, por tanto, de que los cristianos deberíamos ser santos, ejemplares e inmaculados solo debería ser exigida por aquellos que ya hayan alcanzado ese estado de perfección absoluta. Por tanto, bien creo que pocos mortales podrán exigirnos una conducta intachable sin pecar de ser hipócritas. Sin embargo, también es cierto que nuestra fe debería darnos un “plus” de santidad, una forma distinta de concebir el mundo y de relacionarnos con él, sobre todo con nuestros hermanos los hombres. Es decir, si bien los cristianos no son “héroes sin capa”, pues somos de carne y hueso, sí que deben aspirar a serlo, pues nuestra fe católica es precisamente una peregrinación hacia la Jerusalén celeste siguiendo el camino marcado por nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio y el modelo de tantos y tantos santos como nos han precedido en este caminar, para lo cual contamos con las mejores herramientas: los sacramentos y la vida de oración, los cuales deben (o deberían) marcar la diferencia entre los católicos y el resto del mundo. Sin embargo, todos sabemos que, en la práctica, las cosas no están tan delineadas, así como que nuestro peregrinar está plagado de caídas, salidas del camino, torceduras de tobillo, cansancios y, cómo no, incluso abandonos.

Dicho esto, entramos “al trapo” para ver cómo se inserta la peregrinación a Medjugorge en esa peregrinación global de nuestra vida. Y lo primero que tenemos que decir al respecto es que en Medjugorje se magnifica todo, de modo que las expresiones populares, los gestos y los modos de actuar cristianos se acentúan nada más cruzar el cartel de “Bienvenidos a Bosnia Herzegovina”, lo cual no debería ocurrir. En efecto, estar en Medjugorje significa visitar a nuestra madre María, hacer un esfuerzo físico y económico, salir de nuestros ambientes para desinstalarnos de nuestra comodidad y ofrecer nuestro tiempo, dinero y oración por nuestras necesidades y las del mundo entero. Sin embargo, ya de entrada, quien viaja a Medjugorje (especialmente la primera vez) generalmente lo hace cargado de expectativas, curiosidad y peticiones, muchas peticiones. Poco tarda el peregrino en adecuarse al ambiente reinante en esa pequeña localidad en la que todo, hasta el más mínimo gesto o brisa, es atribuido a nuestra madre María. Tanto es así que muchos de los peregrinos que ya han viajado allí en varias ocasiones afirman algo así como que “a Medjugorge no va quien quiere, sino quien la Virgen desea”. Ya de entrada, quienes afirman tal cosa se están saliendo de esa racionalidad propia de la sana fe equilibrada de la que hablábamos antes. En efecto, si esto fuera así, todos los que van a Medjugorje tendrían experiencias místicas o transformadoras, pero a la vista está que no es así. Una cosa es que la Virgen derroche sus bendiciones con quienes ella considere que más las necesitan o merecen y otra bien distinta es que se comporte como un hada madrina que, varita mágica en mano, vaya truncando planes o allanando los caminos de los peregrinos que en el mundo entero están planeando viajar a Medjugorje. Creo que la Virgen tiene mejores cosas que hacer que estar frente a una especie de “sala de control” de la humanidad para ver quién va o no a verla a Medjugorje. Esta sería como la antesala de las demás enfermedades espirituales, que a continuación detallaré. Pero primero de todo he de decir que todas las enfermedades espirituales que a continuación vamos a ver nacen de un tronco común al que podríamos denominar “fundamentalismo (o integrismo) católico”, aunque entendiéndolo de una forma distinta a como se entiende o atribuye a otras religiones o ideologías, ya que, ciertamente, en la religión católica estos extremismos no llegan a sobrepasar los límites de la violencia.

En efecto, existen y se dan cada vez más estas desviaciones en el seno de la Iglesia Católica. Y Medjugorge, no sé por qué, es un foco donde este fundamentalismo se aprecia de forma clara. Y la primera enfermedad que se deja ver allí podría venir a llamarse “repetitivitis”. Esta enfermedad espiritual sería la propia de quienes no hacen más que comenzar el camino de regreso a sus casas y ya están programando la próxima visita. En efecto, yo mismo he podido comprobar cómo hay gente que se enorgullece cuando te dice cosas como: “con esta, ya son cuarenta las veces que he venido a Medjugorje”. Haga el peregrino la cuenta de lo que cuesta una peregrinación y multiplíquelo por cuarenta. Y después haga también un ejercicio de sinceridad consigo mismo y póngase ante la Virgen María para preguntarle si ella cree que está bien invertida esa cantidad, así como si ese desembolso económico encaja bien con su repetido mensaje de solidaridad, entrega a los demás, austeridad y limosna. Como ejemplo, te diré que en mi peregrinación este año me encontré con una señora española que afirmaba con orgullo que esa era la cuarta vez que visitaba Medjugorje… ¡solo en este verano de 2021! Pues bien, esta enfermedad pone de manifiesto en el peregrino la carencia de un verdadero encuentro personal con Cristo y la ausencia de oración interior, tanto comunitaria como individual, así como una celebración efectiva y sentida de la Eucaristía tan pobre como infrecuente, pues denota una especie de endiosamiento de la Virgen María, a la cual parece que hubiera que visitar con tanta frecuencia para que nos haga más caso o para honrarla o engrandecerla más con nuestra presencia física en Medjugorje. Es como si se creyese que la Virgen María solo está en Medjugorje. La medicina, por tanto, para la curación de esta enfermedad espiritual es la oración diaria ante el Sagrario, o mejor aún, ante el Santísimo Sacramento, si es posible, así como la Eucaristía celebrada desde el corazón diariamente y la práctica de la fe comunitaria, no solo personal e individual, porque nuestra fe no es una fe de ermitaños que tenemos que ir de casa a misa y de misa a casa sin comprometernos ni con la parroquia ni con grupos de oración. Así, solo aquellos que pertenecen a un grupo de oración comunitaria que se reúne habitualmente (carismáticos, neocatecumenales, focolares, cursillos de cristiandad, grupos parroquiales, etc.) comienzan a despegar en su vida de oración y entrega para volar mucho más alto aún que el propio avión que tantas veces les lleva a Medjugorje. Y lo que es mejor, gratis. Y claro está, otra medicina muy buena para combatir esta enfermedad espiritual es una adecuada formación cristiana, pues esta falta de formación es la tónica general que está en la base de todas y cada una de las enfermedades espirituales, la cuales se dan incluso entre el clero (por eso a la formación le añado el adjetivo “adecuada”).  

En segundo lugar, enmarcada también en el mencionado tronco del fundamentalismo católico, tenemos la enfermedad de la “protegitivitis”, que es la que sufren aquellos que afirman cosas como “yo no me pongo mascarilla porque la Virgen me protege”, o “yo comulgo en la boca porque el Señor no va a querer ningún mal para mí”. Y es que en Medjugorge, aunque te parezca mentira lo que te voy a contar, prácticamente nadie lleva mascarilla. No, por desgracia no es una exageración si te digo que el 99% de los peregrinos no usan mascarilla, como tampoco la usan los oriundos del lugar, los guías turísticos o los sacerdotes. En efecto, allí la gente afirma constantemente que no hay que tener miedo porque “la Virgen nos protege”. De hecho, los propios guías turísticos animan e invitan a los peregrinos a confiar en la Virgen y quitarse las mascarillas, bajo la promesa (falsa, por supuesto) de que nadie se va a contagiar en Medjugorje. Y claro, los peregrinos, confiados en esas palabras, se quitan la mascarilla y no vuelven a utilizarlas hasta que no llegan al aeropuerto para regresar a España. Yo mismo he coincidido este año con dos peregrinaciones más de españoles, una de Valencia y otra de Córdoba, además de nosotros, de Extremadura. Y como todos somos de habla hispana, teníamos asignado una misma guía traductora, por lo que nos desplazábamos juntos en autobús a los lugares visitados: el cenáculo, la aldea de la Madre, el monte de las Apariciones, el monte Krizevac y el pueblo de Thialhina. Por supuesto, animados por nuestra guía, ninguno de los cincuenta peregrinos, excepto un grupo de ocho jóvenes cordobeses y yo, llevaba la mascarilla, ni siquiera en el interior del autobús durante los transportes. Y claro, luego pasa lo que pasa, porque ya de entrada, a los dos o tres días de regreso a España, uno de los curas de la peregrinación dio positivo en Covid-19 y ahora estamos todos en cuarentena esperando a que nos llamen para hacernos un PCR y ver si estamos o no infectados, pues hemos sido contactos directos del enfermo. Y cuando digo que en Medjugorje no lleva mascarilla casi nadie, me refiero a eso, a casi nadie, incluyendo a sacerdotes, frailes y monjas de todas las nacionalidades que allí se congregan. Y claro, resulta que las misas no son de veinte o treinta personas, sino de cuatro, cinco o hasta veinte mil personas. Bien es cierto que son al aire libre, pero también lo es que estamos todos tocándonos unos a otros con los codos, por lo que la separación mínima entre personas sin mascarilla no se da ni por asomo. Y lo peor no es eso, ya que, para colmo de todo, la inmensa mayoría de los peregrinos que van allí, no sé muy bien por qué, comulgan de rodillas y en la boca (pues afirman que comulgar en la mano es sacrílego). Y los sacerdotes, que también van sin mascarilla dando la comunión a filas de doscientas o trescientas personas cada uno, no tienen ni siquiera el detalle de reservarse uno o dos para que den la comunión en la mano a los fieles que tengan reparos o miedo a comulgar después de que el sacerdote haya dado la comunión a doscientas personas antes en la boca, con la consiguiente imposibilidad física de que el dedo del cura no haya estado en contacto con al menos veinte o treinta lenguas antes de llegar a él. Uno puede hasta contarlas, pues algunos sacerdotes se limpian el dedo en un purificador cada vez que un fiel, sin quererlo, le chupa el dedo mientras comulga. Y luego tenemos la Capilla de la Adoración, en la que se congregan unas doscientas personas sin mascarilla desde las 8:00 hasta las 20:00 horas, de lunes a domingo, sin más ventilación que la de la puerta de entrada cuando se abre y cierra. Pero parece que a casi nadie le preocupa esto. Y claro, se ve que la Iglesia no tiene nada que decir al respecto (ni siquiera el obispo local o el párroco de Medjugorje). Y yo me pregunto si no será porque los católicos debemos ser seres especiales que estamos por encima del bien y del mal, así como por encima de las leyes y normas mínimas de seguridad, respeto y convivencia ciudadana. Así que, si tienes escrúpulos, miedo o reparos por causa del coronavirus y eres de los que, precisamente por ese motivo, comulgan en la mano y evitan las aglomeraciones en lugares sin ventilar y sin que se guarden las distancias mínimas de seguridad, Medjugorje no es para ti, a no ser que tú también creas que la Virgen nos protege incluso aunque seamos tan irresponsables como para no tomar ni siquiera las mínimas medidas de seguridad e higiene para protegernos nosotros y proteger a los demás. Pero lo cierto es que nunca la Virgen ha dicho en ningún mensaje que no llevemos mascarilla porque ella nos protegerá. Y es curioso que atribuyamos a la Virgen una protección sobre una clara irresponsabilidad nuestra y no se nos ocurra pensar que es nuestra obligación no solo protegernos nosotros, sino también proteger a los demás. Porque estoy convencido, sin temor a equivocarme, de que la Virgen vería con buenos ojos que los cristianos nos pongamos la mascarilla para proteger a nuestro prójimo (aunque no tengamos miedo por nosotros mismos) para evitar contagiar a nuestros hermanos peregrinos si es que tenemos el Covid sin saberlo. Pero no, parece que a nadie en Medjugorje parece importarle el prójimo, sino solo uno mismo. Y lo que es peor, ni la Iglesia en su conjunto, ni el obispo o el párroco del lugar, ni los propios curas de todas las nacionalidades que allí se congregan por cientos cada mes, ni tampoco las hermanas religiosas tienen el detalle de hacer ver a la enorme comunidad de fieles allí congregada que es necesario y ejemplar que los cristianos cumplamos las leyes de convivencia ciudadana, exactamente de la misma forma que cualquier otro conciudadano del mundo, ya que ni somos especiales ni el virus distingue entre cristianos y el resto a la hora de expandirse y contagiar a las personas. Por eso, Medjugorje, como cualquier otro lugar del mundo, y esto es algo comprobado en múltiples peregrinaciones, es un foco internacional de contagios de Covid-19, que luego llevamos cada uno a nuestras casas y países, colaborando en la extensión del virus, como es el caso de los contagios que te he mencionado solo en mi peregrinación (y en otras de las que he tenido constancia). Pero parece ser que los cristianos no tenemos nada que ver con eso porque somos ciudadanos “de primera”, no como el resto de viajeros que se mueven por el globo terráqueo cumpliendo diligentemente las leyes.    

De entre todos, solo los chicos de azul llevan mascarilla

Otra enfermedad espiritual muy común en Medjugorje es la del “semipelagianismo”. En realidad, más que de una enfermedad, se trata de una herejía, pero vamos a considerarla enfermedad por el simple motivo de que quienes la padecen ni siquiera sospechan que la sufren. Es decir, porque no es voluntaria, al menos en gran parte de los casos. Por eso, el Papa Francisco ha dicho en varias ocasiones que “una de las cosas más difíciles de comprender para todos los cristianos es la gratuidad de la salvación en Jesucristo”, y también que “la salvación no se paga, la salvación no se compra. La Puerta es Jesús y ¡Jesús es gratis!”. Por ello, nos anima a tener confianza en el perdón de Dios diciendo cosas como: “tengan confianza en el perdón de Dios. ¡No caigan en el pelagianismo!”. Pero nosotros, como aquel pueblo de Israel que nunca quiso obedecer a Moisés, somos de dura cerviz. El Papa Francisco no deja de alertar sobre el riesgo que para la Iglesia de hoy supone aceptar esta herejía, propia nada menos que del siglo IV de nuestra era cristiana, pero instalada de nuevo de forma sibilina en nuestra vida diaria. Pero, ¿en qué se manifiesta esta enfermedad? Pues bien, antes de decir dónde se aprecia con más claridad, hay que decir qué es el pelagianismo. El dominico Chus Villarroel, O.P. nos dice que Pelagio, monje irlandés de quien proviene esta herejía, vino a decir que no se necesitaba una gracia especial para recibir la salvación eterna, sencillamente porque Dios nos ha dotado a todos con suficientes facultades para que nosotros mismos y por nuestro esfuerzo lográramos ganar el cielo. Defendía que la salvación se la gana uno a base de esfuerzos y de merecerla. Y luego vino el semipelagianismo, el cual decía que sí necesitamos la primera gracia, pero que, después, hacerla fructificar ya era cosa nuestra, algo que teníamos que conseguir con nuestros actos, con nuestros esfuerzos y con nuestros méritos. Esta herejía también fue condenada por la Iglesia en el Concilio de Orange, que defendió que todas las gracias que recibimos en la vida son gratuitas, es decir, que todo es gratuidad. Sin embargo, hoy la mayoría de los creyentes somos semipelagianos, pues pensamos que somos nosotros quienes tenemos en nuestra mano la salvación, que nos la ganamos por nuestros méritos y somos sus protagonistas. Pero no se trata de eso, sino de entender y vivir aquello que la propia Virgen entendió y vivió: su “Hágase en mí”. Por eso, la Virgen María (la de Fátima, Lourdes, Guadalupe o Medjugorge) es ajena al semipelagianismo, pues vivió la gracia de Dios, confió en el Espíritu Santo y se dejó hacer por Él (cf. https://alfayomega.es/la-herejia-que-mas-preocupa-al-papa/). Sin embargo, Medjugorje es escuela de todo lo contrario, pues enseña a los peregrinos que la salvación se consigue rezando tres misterios del rosario seguidos cada día, rezando el credo de rodillas después de cada misa, seguido de siete padrenuestros, siete avemarías y siete glorias. Enseña que solo son puros y han entendido el mensaje cristiano los que comulgan de rodillas y en la boca, mientras que el resto no hemos aprendido nada y tenemos que ser evangelizados, pues estamos cometiendo sacrilegio al tocar al Señor con nuestras manos sucias (será porque pecamos más con la mano que con la lengua). Nos enseña que hay que mortificarse con ayunos a pan y agua todos los miércoles y viernes del año, llegando a cumplir esta norma solo porque hay que cumplirla y porque la Virgen así lo ha dicho, pero sin llegar a entender el sentido y la metodología del ayuno. Nos enseña que en la misa, cuanto más tiempo estés de rodillas, mejor para tu salvación, de modo que no hay orden ni concierto en la Eucaristía, pues hay quienes se la pasan entera de rodillas o tumbados boca abajo, como si Dios se hiciera más presente al que se tumba que al que está sentado. Nos enseña que hay que subir y bajar al Crizevac descalzos, despellejándote los pies, porque al Señor le agrada tu dolor. Nos enseña a tener como mágicos ciertos objetos religiosos que compramos a espuertas, corriendo después de la misa hacia el altar para llegar los primeros y que les caigan encima, a ser posible, unas gotitas de agua bendita del sacerdote que bendice los artículos religiosos tras la misa, quizás porque la bendición de tu párroco en tu país no vale tanto como la del cura de Polonia que celebra ese día en Medjugorje. Y nos enseña que hay que arrodillarse ante la Virgen, aunque tengas al lado un Sagrario en el que está reservado y realmente presente el Señor en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, llegando a poner la Iglesia local incluso reclinatorios ante la imagen de la Virgen, animando así a que los fieles den la razón a los protestantes que nos acusan de ser adoradores de imágenes (cf. https://www.cope.es/religion/hoy-en-dia/creer-hoy/noticias/tipico-error-que-cometes-entrar-una-iglesia-sabias-20201202_1028499)   

A la izquierda el Sagrario y a la derecha una imagen de la Virgen


Además de todas estas enfermedades psicológicas y espirituales, existen otras muy diversas, como son las que padecen aquellos que se arrodillan ante una nube que, de repente, alguien grita que ha tomado forma de cruz; los que no pueden irse de Medjugorje sin ver a los videntes en el momento en que tienen la aparición, llegando a llorar a moco tendido si no se ha podido presenciar ese sublime momento, como si la peregrinación hubiera sido un fracaso; los que se pasan el día mirando al sol para ver si gira; los que se fijan en los mensajes apocalípticos y rezan para que el día del fin del mundo, que está próximo a llegar, les pille en estado de gracia para no ir al infierno; los que van más por miedo al demonio y huyendo de él que por amor al Señor y la Virgen; los que suben al Krizevac para recibir las energías positivas que desprende la montaña en determinado lugar, las cuales, al parecer, emanan por ser ese un lugar santo elegido por Dios. Y así un innumerable etcétera.

Por todo ello, Medjugorge, como todo estamento, entidad o persona en el mundo, incluida la propia institución de la Iglesia, tiene un lado más claro y otro más oscuro. Y, como en la Iglesia misma, que es a la vez santa y pecadora, el lado más claro corresponde a su parte divina, que efectivamente se da allí, mientras que el oscuro pertenece a la parte humana, la cual, carente de esa formación adecuada de la que hablaba, en la que la recta doctrina se conjuga con la sana razón. Y es que, a veces, pareciera que habría que quitar una X al siglo XXI. Pero vamos, que nada hay nuevo bajo el sol.

domingo, 16 de agosto de 2020

Querido seminarista...

.. puede que un día seas ordenado sacerdote. Pues bien, si Dios quiere que ese día llegue finalmente, tendrás a tu cargo una comunidad, o dos, o incluso más. Puede que te pongan al frente de una o varias parroquias, que te ocupes de alguna delegación de la Diócesis, que ostentes un cargo en el obispado, que seas consiliario de algún movimiento o grupo de oración, o incluso formador del Seminario. Pues bien, el día que eso ocurra, si es que Dios así lo quiere, no olvides nunca algo fundamental: que tienes a tu cargo personas, con nombres y apellidos, no miembros de un colectivo, no números, sino personas con un pasado y un presente, con sentimientos y esperanzas. Por eso, no hagas de sus vidas una Cuaresma sin Pascua, no seas para ellos un mal recuerdo en el futuro. Y no olvides nunca que, un día, tú mismo fuiste alumno y seminarista.  

No pretendas estar siempre a la cabeza del rebaño. Has de ir delante para dirigir, detrás para vigilar y en medio para acompañar. Por eso, deja de lado el dedo acusador, de modo que tu predicación no sean siempre palabras en segunda persona. Antes bien, inclúyete a ti mismo en ella, habla más de «nosotros» que de «tú» o «vosotros» para que tu predicación sea constructiva, no destructiva, y para hacer sentir a los demás que te sientes parte del grupo, no superior a él. Porque se corrige más con cariño que con amenazas.

No te creas mejor que nadie, porque no lo eres. Elogia a tus oyentes, y dedícales buenas palabras. Luego, corrígelos si es necesario, pero desde la caridad, cara a cara, en privado y situándote a su mismo nivel, no en un plano de superioridad moral. Y, sobre todo, huye de la enseñanza a base de castigos. Porque a los ojos de Dios, no existen rangos ni clases.

No idolatres aspectos secundarios en la vida del creyente, como es el caso de la obediencia. Porque la obediencia ni es santa ni es objeto de culto. Es una virtud importante, sí, pero no la más importante, ni siquiera de las principales. Antes que ella están el amor, la veracidad, el culto a Dios, la limosna, la entrega, la solidaridad, la amistad, la generosidad, la santidad, la alegría de saberse cristiano, el servicio, la humildad, la oración, la laboriosidad, la esperanza, la justicia, la compasión, el compartir, la misericordia, la fidelidad a la vocación, el respeto a los demás y tantas y tantas cosas… Y antes incluso que todo esto está Cristo. Por eso, pon cada cosa en su lugar, por su orden de importancia. Inculca los aspectos principales en la vida del creyente y, cuando lo hagas, sigue con los secundarios. Porque, cuando las cosas principales ocupan el puesto que les corresponde, las secundarias vienen solas, sin necesidad de imponerlas por la fuerza. Porque la obediencia, cuando se idolatra, cuando se aplica a golpe de martillo, se convierte en tiranía que aleja de Dios. Por eso, si tienes que excederte en algo, que sea en misericordia, caridad y, por supuesto, buen humor. Todo lo demás vendrá por añadidura. Y, por supuesto, no obligues jamás a la obediencia sobre aspectos del fuero interno de las personas, pues te estarás entrometiendo en lo más sagrado de ellas. No tienes derecho a hacer tal cosa, porque el fuero interno de cada persona es para ti un espacio vetado. 

Recuerda siempre que tu misión es ser guía espiritual, no encauzar pensamientos ni dirigirlos hacia fines corporales o ideológicos. Cuida de las almas del rebaño que se te ha encomendado, pero deja que sea el rebaño quien cuide de su propia corporalidad e ideología. Porque tu función no ha de ser doblegar voluntades, sino conducir corazones, enseñar y mostrar a quien no lo conoce el camino del Evangelio. 

No tomes decisiones a golpe de venganza, ni mucho menos de amenaza, pues estas no sirven para educar, sino que son herramientas destructivas que no solo destruirán a tu pupilo, sino también a ti. La mano dura y los castigos pueriles pertenecen a épocas ya caducas; la disciplina férrea también. Precisamente esas épocas pasadas son las que más facturas se han cobrado en lo que se refiere a la fama, los abandonos, la falta de vocaciones y muchas críticas fundadas vertidas sobre la Iglesia. Recuerda siempre que para mandar con eficacia, no basta solo con el poder. Hace falta aplicarlo con caridad y respeto, pero, sobre todo, hay que aplicarlo con autoridad, no con autoritarismo. Esta es la gran diferencia entre la jerarquía en la Iglesia y la del mundo secular. Porque todo gobernante que no respeta sus propias leyes y órdenes, creyendo que por su autoridad puede permitirse el lujo de no cumplirlas, termina por hacerlas injustas, corrompiendo así su propia autoridad. La verdadera autoridad hace crecer, mientras que el autoritarismo y el sometimiento no. Y es que las leyes y órdenes injustas en el seno de la Iglesia no son ya propiamente leyes ni órdenes, pues no están ungidas por la caridad, que es nuestra norma suprema. Es por ello que estas leyes y órdenes injustas no obligan de por sí en conciencia. No quitemos nunca al cristiano su derecho a rebelarse ante las leyes injustas.      

Si algún día tienes un cargo de responsabilidad y poder en la Iglesia, recuerda que no todo en la vida es obligatorio o está prohibido, que hay colores grises entre el blanco y el negro. Aprende a escuchar y cuenta con la opinión de los demás. La diferencia entre el ejército y la Iglesia está en que en ésta deben prevalecer siempre la caridad y la misericordia que emanan del Evangelio. Por eso, que tu mandato no sea rígido, sino flexible. Y la flexibilidad en la escala jerárquica subyace en la comprensión, en tener en cuenta la opinión de los demás, en saberse poner en el lugar del otro y, sobre todo, en mantener el justo equilibrio entre disciplina y caridad.     

No conviertas jamás la Eucaristía celebrada en plataforma desde la que dirigirte para reñir a tus oyentes, pues para esto hay muchos otros espacios y momentos. Porque la Eucaristía no está para ser utilizada a tu conveniencia. Por eso, si tienes que interponer la Eucaristía entre tú y tus oyentes, que no sea para utilizarla como arma arrojadiza, sino para para aumentar en ellos las ganas de mejorar. Porque lo correcto siempre es adular en público y corregir en privado, no uses la Eucaristía como plataforma para quedarte a gusto ante un público que solo puede escuchar y no opinar. Porque eso no es conversación, no es diálogo, sino un triste monólogo vacío de sentido, pues su fin no es edificante. Mucho menos interpongas a Jesús Eucaristía entre tú y el pueblo para enviarles mensajes ocultos y subliminales, porque en ese caso estarás utilizando al Señor con fines oscuros poco adecuados a tu estado de consagrado. Sé directo cuando tienes que serlo y calla todo aquello que pueda ser malinterpretado o que pueda no ser captado por la persona a la que se lo diriges. No seas nunca ambiguo, sino claro y directo. Quien actúa así no puede estar habitado por el Espíritu Santo, porque el Espíritu Santo es siempre cristalino, transparente y no se deleita con las palabras hirientes. Es otro espíritu el que obra así…

Trata a todos por igual, no hagas acepción de personas. Recuerda que un día te enseñaron que, en la Iglesia, cuanto mayor es el rango que se ostenta, mayor es el servicio que se ha de prestar, la humildad con la que hay que actuar, el ejemplo que hay que dar y la caridad que hay que practicar. Recuerda siempre que Jesús, siendo Dios, lavó los pies de sus discípulos. Por eso, trata de hacer de la disciplina un espacio para vivir el cielo en la tierra, no para hacer de la vida de tus pupilos un infierno. Procura hacerles más fácil el ya difícil camino de seguimiento de Cristo, de modo que no se convierta en un camino tortuoso que invite a abandonar. Enséñales a sortear obstáculos apoyándose en la oración y en la fe, pero no te conviertas tú en una prueba de fe para sus vidas, porque las pruebas ya vendrán solas en la vida de cada uno. Por eso, no añadas dolor al dolor, sino procura siempre dar las herramientas para soportarlo mejor. Ese, y no otro, es tu trabajo.     

Haz del ejemplo tu bandera y no corrijas severamente ni aplicando el «rodillo» apisonador que te confiere tu posición jerárquica, sino la corrección fraterna y la misericordia. No olvides nunca que vives en el siglo XXI, por lo que, ni debes enseñar a tus pupilos con palabras preconciliares ni puedes ser motivo de escándalo por predicar una cosa mientras tú haces la contraria. Recuerda siempre que muchos no leerán más Evangelio que el de tu propia vida, por lo que tu propia vida debe estar en consonancia con tu predicación. Hoy la sociedad necesita, más que nunca, de testigos creíbles, testigos que no solo prediquen palabras bonitas, sino que se las crean y las practiquen. Por eso, no lleves al cielo a tus oyentes con tus palabras para luego dejarlos caer desde las alturas con tus ejemplos. Sé siempre un hombre íntegro, practica el Evangelio y demuéstralo con tus actos, no con tus palabras y golpes de pecho. Ten presente que todos somos pecadores y que, aunque para corregir no es necesario ser perfecto, para reprender no hay que tener vicios.

Para ser verdadera levadura que fermenta la masa en nuestra sociedad has de ser capaz de contextualizar tu propia vida en los tiempos y circunstancias actuales, no exigir de los demás que vuelvan atrás en el tiempo para ajustarse a ideologías pasadas y modos de vivir la religión que repelen más que atraen. Renuévate por dentro constantemente, deja al Espíritu Santo entrar en ti, porque solo Él sana los corazones duros, la rigidez, el rigorismo religioso y los escrúpulos enfermizos. Ojalá tengas esto siempre bien presente, ya que tu vida sacerdotal dependerá en buena medida de ello, porque de los corazones duros no salen palabras de aliento y consuelo, sino siempre correcciones y regañinas. Como dice el papa Francisco, la rigidez de corazón no solo nos quita la libertad que nos proporciona la gratuidad de sabernos salvados por Cristo, sino que no deja que el Espíritu Santo habite en nosotros. Por eso, en tus manos está acercarte a los jóvenes desde la frescura de un Evangelio que renueva o desde preceptos y mandatos de una ley que obliga.   

Recuerda siempre que eres un constructor de paz, por lo que tus palabras no deben sembrar jamás división ni odio en el corazón de tus oyentes. Ten en cuenta que la Palabra de Dios ha de ser siempre herramienta para la conversión de los corazones, no arma para destrozarlos. No utilices nunca la Palabra de Dios a tu conveniencia, ni siquiera para consolidar o dar fuerza a tus argumentos, porque la Palabra de Dios no se funda en tus pensamientos, sino que son tus pensamientos los que han de fundarse en la Palabra de Dios.  

No pretendas estar al frente de todo y abarcar mucho, porque apretarás poco y te quedará muy poco tiempo para preparar tu corazón, convirtiéndote así en un funcionario de la Iglesia con una constante agenda que cumplir. Por eso, no te perpetúes en tus cargos y pide el traslado cuando veas que la comodidad se ha instalado en tu corazón. Sé Iglesia en salida, pero de la de verdad, no de la que se queda en las palabras. No hables de ser esa Iglesia en salida si tú te perpetúas en tus cargos porque estás muy cómodo en ellos, porque te barren, te friegan, te lavan, te planchan... Deja que entre el aire fresco en tu vida de vez en cuando, pero, sobre todo, deja que ese aire fresco entre en la vida de los demás, de quienes tienes por debajo de ti, cosa que no ocurrirá si pretendes ocupar eternamente los puestos más privilegiados.  

Actúa siempre aspirando a que tus pupilos no puedan decir nunca que han prosperado en la vida a pesar de ti, sino gracias a ti, de modo que te recuerden con cariño porque practicaste con ellos el Evangelio, y no con rencor o como un obstáculo en sus vidas.

Recuerda también que a Jesús no se le encuentra en los primeros puestos, sino que siempre está en el último. Por eso, no te engrías, no presumas, no te enorgullezcas y no exijas lo que tú mismo no eres capaz de cumplir, sino solo aquello en lo que tú mismo seas una persona modélica. Aprende a escuchar, pero sobre todo, a interpretar los signos de tu entorno y de tu tiempo. ¿Quieres formar? Pues fórmate tú primero, porque un ciego no podrá jamás ser guía de otro ciego.

No trates de fabricar copias tuyas cuando ostentes un cargo de responsabilidad, poniéndote tú a la vista de los demás como modelo. Cada vocación es distinta porque así lo ha querido Dios. Antes bien, aprende a descubrir las capacidades y dones de cada uno de tus pupilos para fomentarlas y ayudarles a desarrollarlas para mayor gloria de Dios. Ten siempre presente un principio fundamental en el trato con ellos: que tan injusto es tratar de modo diferente a dos personas iguales, como lo es tratar igual a dos personas diferentes. Porque al final de la vida no te van a preguntar cuántas copias tuyas has realizado, cuántas mentes has cambiado, cuántas vidas has modelado y cuantas voluntades doblegado, sino que al final de la vida nos examinarán a todos del amor. 

Que tu vida sacerdotal no sea una pretensión de escalar posiciones y que tu máximo interés no sea llegar a ser Obispo. No olvides nunca de que, si llegaste hasta donde has llegado, fue gracias a alguien que se quedó abajo para verte o ayudarte a subir. Ni olvides tampoco que los cargos no se consiguen, sino que llegan; que no se buscan, sino que se encuentran. Así, cuando un cargo recaiga en otro, no te roerá la envidia ni tu alma sufrirá, porque lo esperabas para ti. Ni tampoco creas que los cargos son premios. Al contrario, debes saber desde el principio que los cargos son cargas, y que el mejor servicio que puedes hacer a la Iglesia es desempeñarlos lo mejor posible y para el bien de los demás,no para el tuyo propio. 

No saques conclusiones precipitadas y, antes de juzgar, siempre piénsalo dos veces. Recuerda que tendrás poder, por eso debes ser cauteloso y aplicarlo con sabiduría. Por eso decía san Ignacio de Loyola: «en tiempos de crisis no hagas mudanza», sabio consejo que más de una vez, si hacemos caso de él, nos ayudará a seguir adelante, a no tirar la toalla.

Ten siempre bien presente que, aunque el respeto es algo que todos merecemos, hay que ganarlo, no exigirlo. Por eso, si tu obrar se sustenta en el derecho y en la jerarquía, por mucha razón que tengas, no habrás entendido nada. Parafraseando a Miguel de Unamuno, vencerás, porque tienes de tu lado el poder, pero no convencerás, porque no lo usas con justicia. Por eso, si un día tienes que expulsar a alguien de tu entorno, recuerda siempre que la expulsión no es un fracaso del pupilo, sino del maestro, que no supo inculcarle lo que le después le iba a pedir. Y, por supuesto, no concentres todo el poder en tu persona, sino repártelo con tus compañeros, déjate aconsejar por un Director Espiritual y no niegues nunca a nadie su derecho a la legítima defensa cuando tengas que adoptar posturas tajantes o impartir justicia. Porque si le niegas ese derecho fundamental, más que un formador serás un dictador. 

¿Quieres predicar la puntualidad? No llegues tarde. ¿Quieres predicar la organización de vida? No te pases tu vida improvisando y corriendo de acá para allá. ¿Quieres predicar la humildad? Practícala tú primero. ¿Quieres predicar sobre la importancia de la oración? No la fuerces, no hagas de ella algo obligatorio. Si tu predicación no va a construir, mejor cállate, porque el Evangelio no está para reprender, sino para enseñar, no está para obligar, sino para exhortar. ¿Quieres construir Iglesia? Deja de lado el rigorismo y los escrúpulos. ¿Quieres formar comunidad? Deja que la comunidad tenga algo que decir al respecto y que participe en su propia construcción, respeta su opinión y no coartes jamás su libertad. 

Pues bien, queridos seminaristas. Os animo a seguir vuestro camino de seguimiento y configuración con Cristo y a que no tiréis nunca la toalla en vuestro seguimiento a Cristo, ya que no hay nada más importante en la vida. Si Dios quiere que un día seáis sacerdotes, no habrá obstáculo en el mundo capaz de impedirlo. Recordad siempre que, afortunadamente, en la Iglesia no todo es mal ejemplo e incoherencia, sino que la tónica dominante, a nivel general, es bien distinta. Por eso, quédate con los buenos ejemplos de los grandes santos que nos rodean cada día que pasa y que inundan a raudales nuestras diócesis. Localiza y evita siempre los malos comportamientos y errores de aquellos que, por una u otra razón, se han apartado de los caminos que conducen al Señor. Y, antes que guardarles rencor, reza siempre por ellos y por su conversión, pues ellos mismos son las verdaderas víctimas de sus errores. De lo contrario, tú también serás una víctima de ellos. Sea como sea, saca siempre lo mejor de todos los ejemplos que veas para que, un día, tú seas ejemplo para los demás y ofrezcas siempre al mundo la mejor versión de ti mismo. 


Martín Bermejo

lunes, 11 de mayo de 2020

La Eucaristía y el Covid-19: una mezcla peligrosa


En este mes de mayo comienzan a celebrarse las tan solicitadas como esperadas misas diarias en nuestras parroquias. La medidas de la Conferencia Episcopal se han sumado a las del gobierno, complemetándolas y animando a los fieles a celebrar el Sacramento de la Eucaristía bajo la observancia de una serie de requisitos mínimos a cumplir por los fieles.
Diversas cuestiones se suscitan a tenor de esta decisión: ¿es acertado abrir los templos al público cuando aún no está erradicada la pandemia?, ¿no es arriesgado, sobre todo si tenemos en cuenta que la práctica totalidad del aforo que suele nutrir nuestros templos es personal de riesgo por su elevada edad media?, ¿merece la pena abrir los templos teniendo que tomar tantas medidas de seguridad?, ¿tiene más valor la misa cuando se celebra en el templo?, ¿no debería la Iglesia desmarcarse de lo que proponga el gobierno y actuar con más cautela que éste?, ¿debe la Conferencia Episcopal ceder ante las presiones de muchas personas que quieren «Eucaristía ya»?
Lo que está claro es que la decisión de reabrir los templos al público, cuanto menos, será polémica, por muchas medidas higiénicas y de control que se tomen. Precisamente el simple hecho de tener que tomarse tantas medidas restrictivas, higiénicas, de control y de seguridad de todo tipo es óbice para, por lo menos, plantearse si de verdad merece la pena correr el riesgo de ser participes en la que, Dios no lo quiera, podría ser una nueva propagación del virus por toda España.
Si se abren los templos al público sin eliminar la prórroga de la dispensa del precepto dominical será porque la Conferencia Episcopal sabe perfectamente que muchas personas seguirán sin salir de casa por miedo. Entonces, si se reabren los templos, ¿por qué no se elimina esta dispensa? Porque la propia Conferencia ha propuesto «aumentar el número de celebraciones cuando haya mayor afluencia de fieles» para evitar aglomeraciones. ¿Por qué, entonces, no suprimir la dispensa dominical? ¿No será porque se sabe que la seguridad no está plenamente garantizada? Y si no está plenamente garantizada, ¿es responsable abrir los templos? ¿De verdad creemos que por el simple hecho de limitar el aforo o por usar mascarillas y gel vamos a evitar el contagio en todas y cada una de las personas que asistan a misa? Porque una sola persona que se contagie, una sola, puede volver a desencadenar la tragedia. Recordemos que hay países que han tenido un «paciente cero», esto es, una persona que, ella sola, ha terminado contagiando al país entero. Si esto ocurre, puede que después nos tachen de irresponsables, porque, la Iglesia debería decantarse siempre por opciones más prudentes aún que aquellas a las que el gobierno nos insta, aunque solo sea por aquello de dar ejemplo.   
Uso de mascarillas, pilas de agua bendita vacías, puertas abiertas para que no haya que tocarlas, colocación especial de los fieles, filas de comunión distanciadas, geles desinfectantes por aquí y por allá, evitar los coros y las hojas informativas y con cantos, que la cesta de la colecta esté aparte y no pase entre los bancos, que los objetos litúrgicos se cubran con paños y palias, que el sacerdote se desinfecte las manos, que se evite decir «el Cuerpo de Cristo» y la respuesta «Amén» de manera individualizada, etc., son algunas de las normas que habremos de cumplir si asistimos a la Eucaristía en el templo. Cabe preguntarse: ¿de verdad merece la pena ser tan escrupuloso cuando la verdadera medida que evitaría todo contagio sería la que ya venimos haciendo, que no es otra que celebrar la Eucaristía por televisión y comulgar sacramentalmente? Porque ambas cosas legítimas y totalmente válidas.
Porque, reconozcámoslo, en todas estas medidas tan calculadas hay muchas fallas. Por ejemplo, ¿de qué vale tapar los vasos sagrados con una palia si esa palia la usan varios sacerdotes y uno puede contagiar a otro al tocarla?, ¿cambiaremos también los corporales a diario y usará cada sacerdote el suyo, o se compartirán?, ¿los sacerdotes tendrán sus propias casullas, albas y estolas, o las compartirán?, ¿el mantel del altar se cambiará y desinfectará cada día?, ¿el Misal que el sacerdote maneja manualmente será compartido o cada sacerdote tendrá el suyo?, ¿los objetos de la sacristía se van a desinfectar individualmente en sacristías compartidas por varios sacerdotes? Y así surgen mil preguntas. Pero la que más sorprende es que, a pesar de tantas medidas de seguridad, a pesar de no querer ser foco de contagio y transmisión del Covid-19, resulta que sobre la comunión en la mano o en la boca, la Conferencia Episcopal no dice absolutamente nada. Parece increíble que el aspecto más controvertido, el que de verdad importa a la gente, ni siquiera es tratado. Y uno no puede más que quedarse perplejo al comprobar que pareciera que nuestra jerarquía prefiere no "mojarse" en un tema tan controvertido, ya que son muchas las personas que se niegan a comulgar en la mano porque lo consideran indigno (como si la boca lo fuera más). Así que, en el estado actual de cosas, puedes ir a misa, entrar sin tocar la puerta, sentarte a más de dos metros del fiel más cercano, no tener contacto con nada ni con nadie, desinfectarte las manos, usar mascarilla, recibir la comunión por parte de un sacerdote que se desinfecta las manos y que protege las Sagradas Formas hasta la Comunión, pero resulta que luego vas a comulgar y te infectas porque el sacerdote tiene que dar la comunión en la boca a los numerosos fieles que, ni siquiera en tiempos de coronavirus, pueden dejar de creer que comulgar en la mano es un sacrilegio.
Es increíble, sobre todo cuando comprobamos que otros sectores sociales, estamentos e instituciones laicos nos dan ejemplo y deciden abrir sus puertas cuando el riesgo de contagio sea nulo. Así se lucha contra la pandemia. Nosotros, en cambio, seremos unos cristianos buenísimos porque al fin celebramos la ansiada Eucaristía, que es lo que nos importa. Y queremos ser ejemplo... Alabamos a Dos y le rendimos culto, aun a riesgo de nuestras propias vidas y de las demás. ¡Eso es creer! ¡Eso es practicar!